Maestros de la oratoria parlamentaria: El duelo entre Castelar y Manterola

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Hoy, uno así, sería casi una leyenda urbana pero hubo una época en la que nuestros políticos eran gente formada, culta y a la que daba gusto escuchar en sus debates. Podrías estar o no de acuerdo con sus ideas pero era admirable ver el dominio de las “antiguas artes” que desplegaban en sus intervenciones y el fervor que transmitían al defender su principios.

De entre los grandes oradores y los grandes discursos en la historia del parlamentarismo Español, algunos destacan de modo especial. Quizás uno de los considerados como una obra maestra de retórica, oratoria y dialéctica en el debate parlamentario sea el que tuvo lugar con motivo de las discusiones sobre la ley de libertad religiosa (Discurso pronunciado el 12 de abril de 1869 y rectificaciones en los días 13 y 14 del mismo tomadas del Diario de sesiones Vitoria, Sanz y Gómez) en 1869.
Pongámonos en situación, asistimos a los debates parlamentarios inmediatamente después de las elecciones a cortes constituyentes de enero de 1869, cortes que tienen como responsabilidad aprobar el proyecto en el que la comisión constitucional está trabajando, la redacción de la constitución de 1869 donde junto con la forma de Gobierno y la libertad religiosa, la consideración de los derechos individuales es el punto más controvertido del debate constitucional. Y esto es así porque se pretende de ellos que sean el verdadero soporte del nuevo sistema de libertades. Se plantea su ilesgilabilidad por considerárseles derechos naturales del hombre, anteriores a su condición de ciudadano. Por ellos luchan los republicanos. Pero en puridad de principios, si se les conceptúa como ilegislables deberían estar fuera de la Constitución. Por otra parte, a nadie se le ha ocurrido proponer, cuando menos, una declaración de principios sobre los mismos en el Preámbulo constitucional; y finalmente, no resulta congruente legislar sobre lo ilegislable.

Los principales protagonistas de tan apoteósicos debates, y especialmente el mantenido sobre la libertad religiosa, fueron, defendiendo la unidad religiosa y la confesionalidad del Estado, un actualmente poco reconocido e incluso ocultado D. Vicente de Manterola y Pérez, sacerdote, político, miembro del partido Comunión Católico-Monárquica y activo militante Carlista y, defendiendo la libertad de culto, un político, historiador, periodista y escritor, miembro del Partido Democrático, que con posterioridad sería nombrado presidente de la I república, D. Emilio Castelar y Ripoll.

En pocas ocasiones un discurso o un enfrentamiento en el ruedo parlamentario ha levantado tanta expectación como la que se levantó en periódicos y mentideros en esas fechas con motivo del “duelo” se estaba produciendo en el hemiciclo. Tan solo fueron comparables los debates y pasiones que se levantaban por los enfrentamientos entre otros dos grandes rivales en otro ruedo de la capital, los que en aquellos años se producían cuando coincidían Frascuelo y Lagartijo (que no Paquiro y Frascuelo como inmortalizó Lorca al revivir las viejas coplillas, pues en los años que Paquiro triunfaba Frascuelo ni siquiera había nacido, era tan solo un niño cuando Paquiro pasa a ser el primer torero que toreó con gafas por no ver ya lo suficiente para ponerse delante del toro y tiene 8 años recientes cuando Paquiro muere por complicaciones de su última cornada producida 8 meses antes). Lo acontecido superó con creces todas las expectativas, aun siendo estas muy altas, como pudo leerse en las crónicas de la época.

RECUERDO A D. VICENTE DE MANTEROLA
(Revista Bascongada) http://w390w.gipuzkoa.net/WAS/CORP/DBKVisorBibliotecaWEB/visor.do?ver&amicus=178878&amicusArt=322597

Nadie lo esperaba, pero todo estaba preparado; el rompimiento de la unidad católica, el desprecio a la tradición; el desdén a nuestras glorias; el exceso de libertad contra la libertad de la Iglesia; la democracia contra la teocracia; los oradores de la revolución contra los oradores de la intolerancia religiosa. El choque iba a ser terrible, la explosión
espantosa; sus resultados ruinosos para el católico pueblo español. España entera iba a presenciar un espectáculo grandioso: imponente, elocuentísimo; se plantea en las famosas cortes constituyentes la magna cuestión religiosa, la vital cuestión, el importantísimo debate; todo llegó; como torrente que rompe el escollo para continuar su rápida carrera, como el sol que rasga la nube que le empaña; en el campo progresista estaban oradores tan elocuentes como Ríos Rosas, Echegaray, Martos, Montero Ríos, Becerra, Mata y Castelar; en el campo católico varones tan eminentes como Monescillo, Cuesta y Manterola.

En uno y otro lado se esgrimieron con habilidad pasmosa las más relucientes armas de la elocuencia parlamentaria; en los dos campos brillaban hombres de sabiduría indiscutible; en los dos bandos se peleaba con fe y entusiasmo inquebrantables; pero llamaba extraordinariamente la atención de la cámara, la conmovía con su asombrosa elocuencia uno de los defensores de la unidad católica: el sapientísimo donostiarra D. Vicente de Manterola. Como inmenso foco de radiante luz que fulgura en todos los horizontes y cautiva todas las miradas, así cautivó, admiró y estremeció a aquellas luminosísimas Cortes, la palabra y sabiduría abrumadora de nuestro ilustre donostiarra.
Nadie se atrevía a contestar a sus oraciones grandilocuentes; la cámara se hallaba atónita, estupefacta; quiso hacer un esfuerzo y lo declinó en la tribunicia oratoria de D. Emilio Castelar.

Estaban ya frente a frente los dos adversarios, los dos campeones que con mayor elocuencia han grabado el sello de la historia parlamentaria; el uno tremolaba la bandera de la Iglesia, el otro la de la democracia con la libertad de cultos; Castelar apostrofa a la Iglesia, Manterola canta sus inacabables glorias; Castelar defiende la filosofía de Hegel, Manterola la impugna; Castelar entona un himno a la libertad de cultos, Manterola derrama raudales de elocuencia, enalteciendo la unidad católica; Castelar declama por la libertad, y Manterola conmueve toda la cámara al hablar de las democráticas instituciones de las Provincias Bascongadas; Castelar atribuye a San Pablo determinada cita, Manterola niega la existencia de semejante aserto; Castelar enaltece a los liberales de Inglaterra, Manterola define filosóficamente la esencia del liberalismo; Castelar maldice la expulsión de los judíos y moros de España, Manterola niega la arquitectura y ciencia que existía entre los judíos; Castelar no quiere hacer públicos los horrendos crímenes de la Revolución Francesa y Manterola condena aquella aberración suprema de la «diosa razón» erigida en divinidad; Castelar hace un derroche de elocuencia, con fantasías de la imaginación y maravillas de la poesía, Manterola estremece a las Cortes con severas afirmaciones filosóficas.

Nuestro gran Manterola cada vez estaba más elocuente en aquellas Cortes Constituyentes. Su comienzo del famosísimo discurso fue grandilocuente, enérgico, cautivador. Ya desde el primer párrafo cautivó sobremanera la atención de la cámara que desde luego comprendió que contaba con un temible adversario, y Manterola, volando en alas de su gran elocuencia, continuó dirigiéndose al triunfo de la verdad, para desde allí colocar en la diadema de la defensa del catolicismo, esmeraldas de erudición inagotable y brillantes de fascinadora elocuencia. Terminó aquel discurso tan grandilocuente con un final enérgico, bello y de gran efecto, como dice el notable escritor D. Francisco Cañamaque en el que expuso los extravíos y crímenes de la Revolución francesa, señalando al libre-cultismo como ruina y destrucción de todas las antiguas glorias y grandezas de España.
El nombre de D. Vicente de Manterola es de memoria imperecedera para todo buen español, y especialmente para todo bascongado.
Sus grandes méritos, su sabiduría indiscutible y su acendrado fervor cristiano son virtudes que nunca deben abandonarse en las ingratas sombras del olvido. Amó con veneración a su país de los Fueros; defendió a la Iglesia de los cargos injustísimos que se la dirigieron, y sus elocuentes oraciones son perfecto modelo de oratoria sagrada. Fue una gloria española orgullo de todo el país euskalduna.
Honremos su memoria. Su nombre debiera estar esculpido en gruesos caracteres de oro sobre mármoles y bronces.
ADRIÁN DE LOYARTE.

INFORMACIÓN ADICIONAL:
Vicente Manterola: Fundación popular de Estudios Vascos (Euskal Ikasketetarako Fundazio Popularra) https://www.fpev.es/images/Tematicos/NuestrosOrigenes/32.VICENTEMANTEROLAPEREZ.pdf
Don Emilio Castelar en las Cortes Constituyentes de 1869 (Apuntes para conmemorar un centenario olvidado) Dr. Alfonso Carlos Saiz Valdivielso – Profesor titular de Derecho Constitucional https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/941773.pdf

Discursos sobre la libertad religiosa y la separación entre la Iglesia y el Estado

12-IV-69 D. Vicente Manterola

Mi amigo el Sr. Ortiz de Zárate ha tenido la dignación de cederme el uso de la palabra: perdónele la Cámara tan grave desacierto, mientras yo, de lo íntimo de mi alma, le ofrezco el homenaje sincero de mi profunda gratitud.
Señores Diputados, se ha dicho que estamos en el caos; yo no lo creo; no soy pesimista: estamos próximamente abocados al caos, estamos tal vez cerca del caos, y ¡qué sé yo! Tal vez sea temible que el proyecto de Constitución que discutimos sea el plano inclinado que nos facilite descenso al caos, y que algunos de los discursos que se han pronunciado en esta Cámara combatiendo ese mismo proyecto sean la potente palanca que con horrible pujanza nos precipite en los abismos.

Yo, Sres. Diputados, que vengo a decir la verdad, toda la verdad; yo que os debo toda la lealtad de mí alma, no puedo menos de afirmar que he oído con el corazón profundamente lastimado, no lastimado tan solo, con el corazón destrozado, con el corazón hecho pedazos y manando sangre, los cargos tremendos que se han dirigido a la Iglesia católica, cargos injustos, cargos gratuitos, cargos infundados. Debo, pues, señores, ante todo, vindicar a la Iglesia católica, para quien es toda la sangre de mis venas, todos los latidos de mi corazón, toda la energía de mi espíritu, todo mi ser, todo mi yo; y después, descendiendo a los señores de la comisión, trataré de estudiar su obra partiendo de mi criterio católico; y estudiando su obra desde mi punto de vista católico, me permitiré decir que ese proyecto no me parece pueda satisfacer las necesidades más imperiosas, las aspiraciones más legítimas del pueblo español, porque me parece que ese proyecto es mezquino, y vosotros sabéis que es grande y fue siempre grande el pueblo español. Ese proyecto no es bastante católico, y el pueblo español, ¡oh! el pueblo español es el pueblo más católico del mundo.
Y al dirigirme al elocuentísimo orador Sr. Castelar y a los respetables señores de la comisión, yo respetaré siempre mucho sus personas, sólo combatiré sus principios y sus doctrinas, solamente atacaré lo que considere erróneo en esos principios y en esas doctrinas.

Yo, Sres. Diputados, os considero a todos tan católicos como yo, animados de tan buenos sentimientos como yo, con más luces, con más autoridad que yo; pero esto no impide que cada cual concurra con sus muchas o escasas luces al noble, al patriótico, al elevado objeto de hacer la felicidad de esta patria nuestra querida.
Mi estimable compañero el Sr. Castelar, no sin duda porque de ello estuviera convencido, sino más bien con objeto de que en la discusión saliera mejor comprobada la verdad, ha dicho que la Iglesia católica maldijo la ciencia, que la Iglesia católica maldijo el liberalismo, que la Iglesia católica, con su terrible intolerancia, era la verdadera causa de nuestra pobreza actual, de nuestra pequeñez e insignificancia ante la Europa y ante el mundo entero. Y como si estos cargos no fueran bastantes, los resumió, como quien trata de concentrar los rayos de luz en un foco, para que de esa manera pudieran herir con más viveza y energía, los presentó resumidos en la grande, en la noble, en la sagrada figura del gran Vicente Ferrer, y arrojó un puñado de lodo sobre la frente del héroe cristiano, tratando de arrancar con mano poco pía, poco española, una de las glorias más ilustres de la católica España, uno de los triunfos más brillantes de la Santa Iglesia de Dios.
Pues bien, yo, presentando sencillas reflexiones, porque sé que la Cámara no es una Academia; yo, condensando, como hoy se dice, mis ideas, contestaré al ataque diciendo que la Iglesia católica favorece, sostiene, vigoriza la razón y las conquistas de la ciencia y los verdaderos progresos de toda civilización verdadera; yo diré que somos deudores a la Iglesia católica de los grandes principios que el Sr. Castelar consideraba vinculados en la revolución francesa.

iOh! No, Sr. Castelar; antes que la revolución francesa, antes que la filosofía hubiese presentado estos principios, había ya dicho la Iglesia; Libertad, igualdad, fraternidad. Y esto no lo digo yo; esto lo dice Juan Jacobo Rousseau en su Tercera carta a la montaña, cuando asegura:
“Yo no sé por qué, decía, yo no sé por qué se han atribuido a la filosofía los principios de esa bella moral de nuestros libros; no; esa moral dulcísima, esos grandes principios, que antes que filosóficos fueron cristianos, han sido extraídos del Santo Evangelio”.
No se había anunciado al mundo, Sres. Diputados, no se había anunciado la reforma protestante, y ya el catolicismo había difundido, había derramado con profusión admirable por toda la redondez de la tierra la libertad y las luces de la civilización cristiana, única civilización posible, única real y positiva.

El Sr. Castelar tiene la honra de ser catedrático de Historia y catedrático en la Universidad Central, y le será grato sin duda que yo le recuerde que el pensamiento magnífico de la creación de esos grandes centros del saber humano, de las Universidades, fue una concepción puramente católica, realizada por los Papas, realizada por el episcopado, realizada por los monjes y los frailes, realizada por el clero católico.
¿Dónde estaba el protestantismo, Sres. Diputados, cuando ya en el año 895 se fundaba la Universidad de Oxford? ¿Dónde estaba cuando se fundaron las Universidades de Cambridge el año 915, la de Padua en 1179, la de Salamanca en 1200, la de Aberdeen en 1213, la de Viena en 1237, la de Montpellier en 1289, la de Coímbra en 1290…
¿Os fatigo, Sres. Diputados? Es que las grandezas de la Iglesia católica abruman bajo su peso a lodos los que las consideran; pero escuchadme todavía.
Después de la de Coímbra vienen la de Perusa, fundada en 1305, la de Heidelberg en 1346, la de Praga en 1348, la de Colonia en 1358, la de Turín en 1405, la de Leipzig en 1408, la de Inglostad en 1410, la de Lovaina en 1425, la de Glasgow en 1453, la de Pisa en 1471, la de Copenhague en 1498, la de Alcalá en 1517, y en fin, otras y otras y otras, porque podría también recordaros las antiguas Universidades de París, Bolonia y Ferrara. ¡Ah, señores! ¿Qué rama del saber humano no se había cultivado ya, y no se había cultivado con éxito portentoso por el clero católico? Qué, ¿necesitó la Iglesia católica la aparición del protestantismo para cultivar las lenguas orientales y dar al mundo esas Biblias políglotas que tal vez ni uno solo de los corifeos de la reforma protestante tuvo ni tiempo, ni paciencia, ni instrucción bastante para leer?

Yo no quisiera, Sres. Diputados, que nos dejáramos sorprender por un argumento antiguo, y ya desde antiguo victoriosamente contestado y pulverizado por los apologistas de la religión católica. Yo no quisiera llegáramos a creer que la fe católica coarta, achica, empequeñece y encoge los fueros de la razón. La Iglesia católica, señores, exige condiciones al que sin dejar de ser católico, quiera ser filósofo. Es verdad; pero ¿qué condiciones, señores, qué condiciones? La condición de no comenzar por precipitarse en ese caos en que yo considero que no estamos aún; la condición de no negar a Dios; la condición de que la razón humana no se niegue a sí misma, confundiéndose con la materia; la condición de aceptar como cosa bella, la cosa más bella que el hombre puede concebir, la belleza de la moral evangélica. Y decidme, señores, el aceptar desde luego como hechos de ciencia, como hechos que no pueden menos de ser aceptados, estos principios fundamentales en que el hombre asienta segura su planta, ¿no os induce, por ventura, a creer que la enseñanza infalible de la Iglesia en el orden sobrenatural es la garantía más segura, el móvil más poderoso que le impulsa, le agita, le mueve, le levanta y le conduce en todas direcciones buscando y alcanzando la verdad?

¡Cómo, Sres. Diputados, hemos podido nosotros olvidar esos grandes genios, esos genios monstruos que honran y honrarán eternamente a la humanidad! ¿Hemos olvidado a Justino, a Orígenes y a Tertuliano? ¿Hemos olvidado a Agustín, a Tomás de Aquino, a Descartes, a Bossuet, a Fenelon, a Malebranche, a Balmes? Decidme: ¿tenemos, por ventura, derecho a ser más exigentes que lo fueron aquellos sabios de primer orden? ¿Necesitamos espacios más anchos en que volar y en que agitarnos que un Leibnitz, que nacido y educado en el protestantismo, buscando la verdad por todas partes, se vio atraído siempre por esa fuerza de la verdad, se vio atraído irresistiblemente a la enseñanza de la Iglesia católica como a un foco inmenso de luz y de verdad? ¿Por qué se dice, señores, que la Iglesia católica ha maldecido la ciencia? Por fortuna para nosotros, ¿no está la ciencia exclusivamente vinculada en determinadas regiones del globo? Y a propósito de la Alemania, la llamada filosofía alemana está ya hoy justamente desacreditada en la Alemania misma y entre los pueblos pensadores de Europa y del mundo entero.

Ya no es posible, señores, dar vida a un cadáver, ya no es posible resucitar las doctrinas de Hegel, ya no evitareis que quede desierta la cátedra de La enseñanza Hegeliana. Y no lo digo yo, lo dicen todos los que de cerca, todos los que profundamente, todos los que con insistencia estudian las doctrinas, los sistemas, los principios de la llamada filosofía alemana: y digo la llamada filosofía alemana, porque, señores, en Alemania se estudia bien y profundamente la verdadera filosofía.
Hoy, señores, que los discípulos de la escuela de Hegel han deducido esa consecuencia bárbara, esa consecuencia horrible de que cada hombre es para sí mismo su propio Dios, ese ateísmo grosero, hoy se formula un cargo de acusación a la Iglesia católica porque salvando la verdadera ciencia, salvando la dignidad humana, salvando la personalidad humana, salvando sus verdaderos, sus legítimos, sus individuales derechos, ha dado la voz de alarma contra la enseñanza de Hegel.
¡Y el liberalismo! ¿Qué es el liberalismo? Lo ha definido recientemente el Sr. Figueras; y si el liberalismo es lo que ha dicho S. S., el liberalismo está muy bien condenado.

Dijo el Sr. Figueras, y le ruego que me rectifique en el acto si no acierto a desenvolver bien su pensamiento, que la esencia del liberalismo consiste en reconocer y acatar la soberanía del hombre, la soberanía esencial al hombre, la soberanía innata en el hombre, la soberanía que existe en cada hombre, en todos y en cada uno de los hombres; de donde, dijo S. S., resulta la soberanía popular primero, la soberanía del individuo; después, la soberanía de la colectividad.
Yo no sé, Sres. Diputados, cómo el Sr. Figueras, a pesar del gran talento que yo me complazco en reconocerle, podrá salvar la existencia simultánea de tanta y tan multiplicada soberanía y armonizar su ejercicio. Y digo que no lo sé, porque tengo para mí que esto es completamente imposible: una soberanía restringida, una soberanía legislable, eso no es soberanía; por eso, sin duda, se ha hablado aquí de derechos ilegislables, que, francamente, señores, tampoco he llegado nunca a comprender.

Desde que se establece el principio de que el derecho es esencial al hombre, allí donde multipliquéis la personalidad humana, debéis también multiplicar estos derechos; y como el ejercicio del derecho en un individuo, supone en los demás in­dividuos el deber de respetar el derecho de aquel, resulta que el derecho de cada uno está necesaria y esencialmente restringido por el derecho de todos los demás.
Y decidme, y yo os agradezco sinceramente desde luego el testimonio de vuestro asentimiento, ¿quién es el regulador, quién es, y permitidme la frase, el armonizador de los derechos de los diferentes individuos? ¿Quién es el que marca la esfera dentro de la que puede y debe ejercitarse el derecho de cada uno para no vulnerar el derecho de los demás? ¿Quién es el que ha de marcar cuándo el uso de un derecho es legítimo, y por consiguiente, cuándo es ilegítimo su ejercicio? ¿No es la ley señores? Pues si es la ley la que marca, la que define la que decide, la que pronuncia la última palabra en el mutuo conflicto que necesariamente debe surgir entre los hombres con motivo del ejercicio de sus derechos individuales, ¿quién sino la ley es la que puede y debe intervenir en la resolución de estas gravísimas e importantísimas cuestiones? ¿Cómo queréis arrancar, cómo queréis desviar, cómo queréis alejar del dominio y de la influencia de la ley esos que llamáis derechos ilegislables? Yo desde luego comprendí, señores, que esta era cuestión de términos, y nada más que de términos y que tal cuestión existe y solo puede existir por no haberse definido bien los términos. ¿Cómo es posible, me decía yo, que talentos tan claros e inteligencias tan privilegiadas quieran conceder a cada hombre una soberanía absoluta, una soberanía ilimitada, una soberanía ilegislable? ¿Cómo quieren conceder al hombre derechos contra Dios, olvidando que Dios es el origen fundamental de lodos los derechos del hombre, porque Dios es el autor del hombre? ¡Oh! En este sentido es incuestionable que si por liberalismo había de entenderse la emancipación completa del hombre de su Dios; si por liberalismo había de entenderse la exageración de sus derechos individuales, la exageración de la libertad humana hasta el punto de establecer un antagonismo horrible entre Dios y el hombre, si el liberalismo había de significar el acto de escalar el hombre los cielos y destronar a Dios, entonces el autor del liberalismo es el mismo Satanás. In caelum ascendam et super astra Dei solium meum exaltaba.
Pero vosotros, me complazco en reconocerlo, vosotros no podéis nunca admitir ni patrocinar ideas tan absurdas, sistemas tan contrarios a la razón.

La Iglesia católica, Sres. Diputados, no ha maldecido la revolución francesa por la proclamación de los principios de libertad, igualdad y fraternidad. ¡Ah! ¡Cómo había de condenarla por esto! Más adelante diré, Sr. Castelar, cuando tenga el gusto de dirigirme a los señores de la Comisión, por qué y en qué sentido condenó realmente la Iglesia, la revolución francesa, y la Iglesia católica quedará completamente vindicada. No es cierto tampoco que extendiendo la Iglesia católica este anatema a los pueblos católicos haya condenado la Constitución belga y la Constitución inglesa; no, Sr. Castelar, y de esto espero yo ocuparme más adelante en otros discursos cuando compare Constituciones con Constituciones y presente aquí lo que el pueblo español tiene derecho a exigir de nosotros.

Pero al menos es incuestionable, decía el Sr. Castelar, que la intolerancia, esa suprema intolerancia, esa intolerancia tan bárbaramente personificada en Vicente Ferrer, hizo convertir la cátedra del Espíritu Santo en tribuna parricida, en tribuna fratricida, en tribuna matadora de toda la dignidad humana, y añadía: “no nos neguéis que Vicente Ferrer ha dejado en la historia una página negra que la Iglesia debía apresurarse a rasgar, puesto que a consecuencia de sus predicaciones fueron asesinados 3.000 judíos, como si los judíos no fueran hombres, como si los cristianos no estuviéramos en el deber sagrado de amar a todos los hombres sin distinción de religión y de culto”. ¡Vicente Ferrer inspirando desde el púlpito la matanza de 3.000 judíos!
Esto decía el Sr. Castelar; y si no eran estas sus palabras, creo al menos que éste era su pensamiento, pensamiento que expresaba en estas o parecidas palabras. Esto sucedía, según el Sr. Castelar, con motivo del sermón que San Vicente predicó en el arrabal de Santiago de la imperial ciudad de Toledo.
La predicación de San Vicente ha sido perfectamente discutida, después de un maduro y riguroso examen a que la sujetó, no la curia romana, no algún tribunal de la Fe tampoco; hablo del examen a que la ha sujetado la buena literatura española. ¿Conoce el Sr. Castelar (y permítame, o más bien, perdóneme le ofenda con esta pregunta), ¿conoce S. S. la obra que con el título de Literatura general española ha escrito el Sr. Amador delos Ríos? Sin duda S. S. tiene conocimiento de ella, y sabe que el señor Amador de los Ríos ha examinado muy detenidamente la predicación de San Vicente Ferrer, que ha extractado en su obra trozos de sus discursos sagrados, y ocupándose de la matanza de los infelices judíos, que reprueba él, como reprueba el Sr. Castelar, como repruebo yo, y como reprueba todo hombre, y más que todo hombre, como reprueba la Iglesia católica, después de reprobar esto, reconoce y confiesa, y prueba y demuestra, que esa matanza no fue, ni directa ni indirectamente, producida por el sermón de San Vicente Ferrer. Yo diré a S. S. las causas que directa y poderosamente influyeron en la matanza de los judíos.
Los judíos, Sres. Diputados, tenían y continúan teniendo su jurisprudencia su legislación particular; y estas leyes que ellos observaban con sobrado fanatismo fueron causa bastante para excitar y sublevar los sentimientos del pueblo español, que se levantó contra ellos, y causó en ellos crímenes nefandos, sí, crímenes nefandos que yo detesto y abomino, pero crímenes que tenían su explicación en la conducta de los judíos y en el carácter de los españoles cristianos.
Señores Diputados, es necesario examinar las cuestiones con criterio imparcial y severo. El Talmud babilónico jerosolimitano, legislación vigente entre los judíos, previene y manda lo siguiente:
“Establecemos y ordenamos, dice el Talmud, que todo judío blasfeme tres veces al día de todo cristiano y ruegue a Dios que los confunda y los extermine con sus reyes y príncipes, y ordenamos expresamente a los sacerdotes que así lo hagan tres veces al día en las sinagogas rogando en odio de Jesús Nazareno.” (Talmud. Ordenanza I, Trat. I, Dist. IV).
“Dios previno a los judíos que de cualquier modo, ya por medio del dolo, de la fuerza, de la usura o del hurto, se apoderen de los bienes de los cristianos.” (Ord. IV, Trat. VIII).
“Dios previene a los judíos no hagan bien ni mal a los gentiles; pero sí que procuren quitar la vida a los cristianos con todo estudio y astucia.” (Ord. IV, Trat. VIII, Dist. II).
“Se previene a los judíos que traten a los cristianos como a bestias.” (Ord. IV, Trat. VIII).
“Si un judío encontrase un cristiano al lado de un precipicio, debe inmediatamente arrojarle en él (Ord. IV, Trat. VIII).
“El imperio de los cristianos es más execrable que el de las demás gentes, y culpa es más leve servir a un príncipe gentil que a uno cristiano.” (Ord. II, Trat. I, Dist. V).
“Los templos de los cristianos son casas de perdición y lugares de idolatría que los judíos están obligados a destruir.” (Ord. I, Trat. I, Dist. II).
“Los Evangelios de los cristianos, que deben llamarse iniquidad revelada y pecado manifiesto, deben ser quemados por los judíos aunque en ellos se contenga el nombre santo de Dios.” (Orden del Talmud.)

Nada más, señores, porque me parece ser muy bastante para formaros alguna idea del derecho judaico aplicado, como realmente se aplicaba, al terreno de los hechos.
Hace pocos días, Sres. Diputados, se trataba, si no de justificar, de aminorar al menos una sublevación en España, porque por algunos llegó a creerse que un soldado llevaba en la punta de su bayoneta un niño de tres años. ¡Qué horror! decíais todos vosotros: ¡qué horror! me decía yo a mí mismo. Pues bien, Sres. Diputados, negadme uno solo de los hechos que os voy ahora a citar:
Andrés Pago que no había cumplido aún tres años, fue bárbaramente acuchillado por los judíos en 1462, fijaos bien en la fecha; en 1468 los judíos martirizaron a otro niño, con lo cual se promovió también un tumulto popular; asimismo el niño célebre llamado de la Guardia, en la provincia de Toledo, era horriblemente asesinado por los judíos. Os he dicho que mirarais bien la fecha, y he querido llamar sobre ella vuestra atención, porque se comprende perfectamente que tan bárbaros y horribles hechos hicieran hervir en las venas la sangre siempre ardorosa del pueblo español y le arrastraran a la perpetración de actos que yo enérgicamente condeno, como he dicho antes, pero que tienen alguna explicación si se atiende a la conducta de los judíos y a las ofensas e injurias que de su parte recibieron los cristianos. De aquí sin duda, señores Diputados (no me atrevo a asegurarlo pero sí he pensado en ello alguna vez), de aquí sin duda proviene que nuestros abuelos en sus leyendas atribuyeran a los judíos cuantas iniquidades se cometían en la persona de los niños.

Pero al cabo, dice el Sr. Castelar, fue un daño inmenso para nuestro comercio e irreparable para nuestra industria la expulsión de los judíos y de los moros. Yo, Sres. Diputados, no defiendo ni acuso el decreto de expulsión de los moros y los judíos; pero sí me asombra que se dé tanta importancia a la intolerancia religiosa en sus relaciones con nuestra riqueza pública, con el desarrollo de nuestro comercio y el aumento de nuestra industria: yo creo que estáis equivocados.
Extraña cosa es, Sres. Diputados, que los judíos tan sabios en aquellos tiempos, hoy llamen tan poco la atención del mundo civilizado porque yo, al oír al Sr. Castelar, me preguntaba: ¿dónde está hoy La arquitectura de los judíos, dónde las ciencias y las escuelas de los judíos? A parte, señores, de algunos conocimientos químicos que han aprendido de los árabes, fuera de algunos dijes y de esa menuda industria de las babuchas, yo no sé qué saben los judíos: ¡y son estos, Sres. Diputados, son estos los descendientes y sucesores de los que levantaron el magnífico templo de Jerusalem! Para concluir con la parte relativa a los judíos yo me atrevería a proponer al Sr. Castelar que me diera cumplidas dos condiciones, y desde luego tenía en mí un partidario acérrimo, hasta fanático, en favor de los judíos. Los judíos tienen mucho dinero, y el Sr. Castelar tiene mucho talento; los judíos tienen mucha riqueza, y el Sr. Castelar posee grandes y profundos conocimientos políticos aplicados a la forma de gobierno de los Estados: haga, pues, S. S. que los judíos empleen una parte insignificante de su riqueza en levantar de nuevo el templo de Jerusalem , vaya S. S. a inspirarles el pensamiento republicano, consiga que los judíos lleguen de nuevo a constituir un pueblo con su cetro, con su bandera o con su pre­sidente, porque me basta con que lleguen a ser una república, y ya desde ese momento se ha matado la Iglesia católica, porque se ha matado la palabra de Dios. La Iglesia católica no se mata en el Congreso español; se la podría matar de otra manera… Pero no: no se la podrá matar, porque Dios lo ha dicho, y aun cuando cielos y tierra pasaran, las palabras de Dios, creedlo, y si no lo creéis no importa, la palabra de Dios no faltará.
Para coronar, en fin, Sres. Diputados, la parte del debate relativa a los judíos, que por mi parte está concluida ya, óigame S. S. una sentencia terrible, una sentencia intolerantísima, y cuya intolerancia no es de fácil explicación procediendo como procede de los labios de Fr. Martin Lutero, del gran patriarca de la reforma protestante, del que se supone haber traído al mundo esta grande, esta cristiana tolerancia.
El pobre Lutero, que no me atrevo a llamarle el buen Lutero, escribió que era necesario destruir las sinagogas y las casas de los judíos, quitarles sus libros de oraciones, su Talmud y hasta el antiguo Testamento; privarles y prohibirles rigurosamente la enseñanza y obligarles a trabajos forzados. Nunca tal dijo la Iglesia católica, nunca. El Sr. Castelar sabe perfectamente bien que los judíos nunca han sido molestados por la Iglesia católica; nunca.
He dicho, señores, que los judíos nunca han sido molestados por la Iglesia católica: me batiré con vosotros, opondré razones a razones y argumentos a argumentos: esto es lo procedente.
La Iglesia católica, y lo digo por tercera vez, contando con la benevolencia de la Cámara, nunca, pero nunca jamás, ha molestado a los judíos; y respecto a los judaizantes, que estos al cabo eran súbditos de la Iglesia y sujetos a su autoridad, cuando se veían perseguidos, no por la Iglesia católica, sino por poderes civiles que se decían y eran efectivamente cristianos, ¿sabéis a dónde iban, a dónde se refugiaban, a dónde volaban? A Roma, porque en Roma era seguro el perdón, era segura la clemencia.

Señores, se habla tanto de tolerancia e intolerancia, y se abusa tanto de estas palabras, y se han falseado tanto las ideas que con estas palabras se expresan, que no nos entendemos ni es posible que nos lleguemos a entender.
Yo comprendo, Sres. Diputados, la intolerancia de la Iglesia católica: lo que no comprendo es la intolerancia del protestantismo. Y podríamos presentar un estado comparativo de las víctimas producidas por la llamada intolerancia católica, y las infinitas que ha causado la realmente injustificada intolerancia protestante. Digo esto, señores, porque el catolicismo es la autoridad y el protestantismo es el libre examen: que la autoridad sea intolerante, está en la esencia misma de las cosas, porque la autoridad no puede tolerar el desorden, el desenfreno y la licencia.
Y, Sres. Diputados, esa misma Constitución que se proyecta, ese proyecto de Constitución que se discute, si llega a ser Constitución española, será Constitución intolerante, porque no hay ley que no lo sea, porque no hay autoridad que no lo sea, porque no hay tribunal que no lo sea, porque está en la esencia misma de las cosas. Pero que sea intolerante el protestantismo es una contradicción ridícula, es una contradicción absurda, es una contradicción monstruosa. ¡Cómo, señores, intolerancia y libre examen!
Yo creo sin embargo, que el Sr. Castelar, que ha visto ya reflejadas sus palabras en el Diario de Sesiones, se ha arrepentido ya. ¡Cómo dudarlo! Prudentis est mutare consilium. Digo que ha debido arrepentirse, y no es tal vez culpa suya, porque en el calor de la improvisación y en medio del curso de las palabras, pudo proferir ciertas expresiones que no se avienen demasiado bien con la ortodoxia que yo en S. S. supongo.
El Sr. Castelar nos dijo haber estado en Roma, y yo francamente, señores, creo que el Sr. Castelar nunca ha estado en Roma.
El Sr. CASTELAR: Sí, el año pasado por ahora.
El Sr. MANTEROLA: Digo, Sr. Castelar, y le digo con profundo respeto, y hasta con cariñosa expresión…
El Sr. PRESIDENTE: Señor Diputado, ruego a V. S. que se dirija a la Cámara.
El Sr. MANTEROLA: Digo, pues, a la Cámara, que no creo yo que el Sr. Castelar haya estado nunca en Roma.
El Sr. Castelar fue a Roma: el Sr. Castelar debió dormir en Roma, porque se duerme en todas partes y es necesario dormir; y el Sr. Castelar ha vuelto de Roma a España sin haber estado en Roma.
La inteligencia fecunda del Sr. Castelar, la imaginación brillante del Sr. Castelar, el corazón generoso del Sr. Castelar, nunca han estado en Roma; y al decirlo, honro yo cual se merece al Sr. Castelar.
Estuvo en Roma. ¿Y qué vio en la ciudad de los milagros? Un convento de frailes y un cuerpo de guardia. ¡Y diréis que el Sr. Castelar ha estado en Roma!
El Sr. Castelar estuvo en Roma. ¿Cuáles fueron las ideas que cruzaron por la frente del Sr. Castelar, cuáles los sentimientos que embargaron el corazón sublime y generoso del Sr. Castelar? No vio, señores, más que los Dioses caídos y las ideas muertas. ¡Cuánto lo siento por el Sr. Castelar! El Sr. Castelar no vio la propaganda fide; el Sr. Castelar no vio el colegio romano; el Sr. Castelar no vio las Sapientia de Roma; el Sr. Castelar no vio, no sintió, no palpó ese movimiento literario de Roma, admiración de los sabios del mundo; el Sr. Castelar no vio ni siquiera al padre Secchi, que sólo él merece que se haga un viaje a la capital del mundo católico.

…………….

(Debido a la extensión del discurso se publica aquí solo una parte del mismo. El texto completo puede encontrarse en el libro “Vicente Manterola, canónigo, diputado y conspirador carlista” de D. Vicente Garmendia editado por la obra cultural de la Caja de Ahorros Municipal de la ciudad de Vitoria, págs. 48-79). Pulse aquí para acceder al texto.


D. Emilio Castelar (Se incluye el texto completo del discurso)
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/discurso-sobre-la-libertad-religiosa–0/html/feedc9c0-82b1-11df-acc7-002185ce6064_1.html

Señores Diputados: Inmensa desgracia para mí, pero mayor desgracia todavía para las Cortes, verme forzado por deberes de mi cargo, por deberes de cortesía, a embargar casi todas las tardes, contra mi voluntad, contra mi deseo, la atención de los señores Diputados. Yo espero que las Cortes me perdonarán si tal hago en fuerza de las razones que a ello me obligan; y que no atribuirán de ninguna suerte tanto y tan largo y tan continuado discurso a intemperancia mía en usar de la palabra. Prometo solemnemente no volver a usarla en el debate de la totalidad.

Decía mi ilustre amigo el Sr. Ríos Rosas en la última sesión, con la autoridad que le da su palabra, su talento, su alta elocuencia, su íntegro carácter, decíame que dudaba si tenía derecho a darme consejos. Yo creo que S.S. lo tiene siempre: como orador, lo tiene para dárselos a un principiante; como hombre de Estado, lo tiene para dárselos al que no aspira a este título; como hombre de experiencia, lo tiene para dárselos al que entra por vez primera en este respetado recinto. Yo los recibo, y puedo decir que el día en que el Sr. Ríos Rosas me aconsejó que no tratara a la Iglesia católica con cierta aspereza, yo dudaba si había obrado bien; yo dudaba si había procedido bien, yo dudaba si había sido justo o injusto, si había sido cruel, y sobre todo, si había sido prudente.

¿Qué dije yo, señores, qué dije yo entonces? Yo no ataqué ninguna creencia, yo no ataqué el culto, yo no ataqué el dogma. Yo dije que la Iglesia católica, organizada como vosotros la organizáis, organizada como un poder del Estado, no puede menos de traernos grandes perturbaciones y grandes conflictos, porque la Iglesia católica con su ideal de autoridad, con su ideal de infalibilidad, con la ambición que tiene de extender estas ideas sobre todos los pueblos, no puede menos de ser en el organismo de los Estados libres causa de una continua perturbación en todas las conciencias, causa de una constante amenaza a todos los derechos.

Si alguna duda pudierais tener, si algún remordimiento pudiera asaltaros, señores, ¿no se ha levantado el Sr. Manterola con la autoridad que le da su ciencia, con la autoridad que le dan sus virtudes, con la autoridad que le da su alta representación en la Iglesia, con la autoridad que le da la altísima representación que tiene en este sitio, no se ha levantado a decirnos en breves, en sencillas, en elocuentísimas palabras, cuál es el criterio de la Iglesia sobre el derecho, sobre la soberanía nacional, sobre la tolerancia o intolerancia religiosa, sobre el porvenir de las naciones? Si en todo su discurso no habéis encontrado lo que yo decía, si no habéis hallado que reprueba el derecho, que reprueba la conciencia moderna, que reprueba la filosofía novísima, yo declaro que no ha dicho nada, yo declaro que todos vosotros tenéis razón y yo condeno mi propio pensamiento. Pero su discurso, absolutamente todo su discurso, no ha sido más que una completa confirmación de mis palabras; cuanto yo decía, lo ha demostrado el Sr. Manterola. Pues qué, ¿no ha dicho que el dogma de la soberanía nacional, expresado en términos tan modestos por la comisión, es inadmisible, puesto que el clero no reconoce más dogma que la soberanía de la Iglesia? ¿Y no os dice esto que después de tantos y tan grandes cataclismos, que después de las guerras de las investiduras, que después de las guerras religiosas, que después del advenimiento de tantos Estados laicos, que después de tantos Concordatos en que la Iglesia ha tenido que aceptar la existencia civil de muchas religiones, aún no ha podido desprenderse de su antiguos criterios, del criterio de Gregorio VIII y de Inocencio III, y aún cree que todos los poderes civiles son una usurpación de su poder soberano?

Señores, nadie como yo ha aplaudido la presencia en este sitio del Sr. Manterola, la presencia en este sitio del ilustre obispo de Jaén, la presencia en este sitio del ilustre cardenal de Santiago. Yo creía, yo creo que esta Cámara no sería la expresión de España si a esta Cámara no hubieran venido los que guardan todavía el sagrado depósito de nuestras antiguas creencias, y los que aún dirigen la moral de nuestras familias. Yo los miro con mucho respeto, yo los considero con gran veneración, por sus talentos, por su edad, por el altísimo ministerio que representan. Consagrado desde edad temprana al cultivo de las ideas abstractas, de las ideas puras, en medio de una sociedad entregada con exceso al culto de la materia, en medio de una sociedad muy aficionada a la letra de cambio, en esta especie de indiferentismo en que ha caído un poco la conciencia olvidada del ideal, admito, sí, admito algo de divino, si es que ha de vivir el mundo incorruptible y ha de conservar el equilibrio, la armonía entre el espíritu y la naturaleza, que es el secreto de su grandeza y de su fuerza.

Pero, señores, digo más: hago una concesión mayor todavía a los señores que se sientan en aquel banco; les hago una concesión que no me duele hacerles, que debo hacerles, porque es verdad. A medida que crece la libertad, se aflojan los lazos materiales: a medida que los lazos materiales se aflojan, se aprietan los lazos morales. Así es necesario para que una sociedad libre pueda vivir, es indispensable que tenga grandes lazos de idea, que reconozca deberes, deberes impuestos, no por la autoridad civil, no por los ejércitos, sino por su propia razón, por su propia conciencia. Por eso, señores, yo no he visto, cuando he ido a los pueblos esclavos, no he visto nunca observada la fiesta del domingo; yo no la he visto observada en España, yo no la he visto observada jamás en París.

El domingo en los pueblos esclavos es una saturnal. En cambio, yo he visto el domingo celebrado con una severidad extraordinaria, con una severidad de costumbres que asombra, en los dos únicos pueblos libres que he visitado en mi larga peregrinación por Europa, en Suiza y en Inglaterra. ¿Y de qué depende? Yo sé de lo que depende: depende de que allí hay lazos de costumbres, lazos de inteligencia, lazos de costumbres y de inteligencia que no existen donde la religión se impone por la fuerza a la voluntad, a la conciencia, por medio de leyes artificiales y mecánicas. Así me decía un príncipe ruso, en Ginebra, que había más libertad en San Petersburgo que en Nueva York; y preguntándole yo por qué, me contestaba: «Por una razón muy sencilla: porque yo soy muy aficionado a la música, y en San Petersburgo puedo tocar el violín en domingo, mientras que no puedo tocarlo en Nueva York». He aquí cómo la separación de la Iglesia y el Estado, cómo la libertad de cultos, cómo la libertad religiosa engendra este gran principio, la aceptación voluntaria de la religión y de la metafísica, o de la moral, que es como la sal de la vida, y conserva sana la conciencia.

Ya sabe el Sr. Manterola lo que San Pablo dijo: «Nihil tam voluntarium quam religio». Nada hay tan voluntario como la religión. El gran Tertuliano, en su carta a Escápula, decía también: «Non est religionis cogere religioneni». No es propio de la religión obligar por fuerza, cohibir para que se ejerza la religión. ¿Y qué ha estado pidiendo durante toda esta tarde el Sr. Manterola? ¿Qué ha estado exigiendo durante todo su largo discurso a los señores de la comisión? Ha estado pidiendo, ha estado exigiendo que no se pueda ser español, que no se pueda tener el título de español, que no se puedan ejercer derechos civiles, que no se pueda aspirar a las altas magistraturas políticas del país sino llevando impresa sobre la carne la marca de una religión forzosamente impuesta, no de una religión aceptada por la razón y por la conciencia.

Por consiguiente, el Sr. Manterola, en todo su discurso, no ha hecho más que pedir lo que pedían los antiguos paganos, los cuales no comprendían esta gran idea de la separación de la Iglesia y del Estado; lo que pedían los antiguos paganos, que consistía en que el rey fuera al mismo tiempo papa, o, lo que es igual, que el Pontífice sea al mismo tiempo, en alguna parte y en alguna medida, rey de España.

Y sin embargo, en la conciencia humana ha concluido para siempre el dogma de la protección de las Iglesias por el Estado. El Estado no tiene religión, no la puede tener, no la debe tener. El Estado no confiesa, el Estado no comulga, el Estado no se muere. Yo quisiera que el Sr. Manterola tuviese la bondad de decirme en qué sitio del Valle de Josafat va a estar el día del juicio el alma del Estado que se llama España.

Suponía un gran poeta alemán hallarse allá en el polo. Era una de esas inmensas noches polares en que las auroras de color de rosa se reflejan sobre el hielo. El espectáculo era magnífico, era indescriptible. Hallábase a su lado un misionero, y como una ballena se moviese, le decía el misionero al poeta: «Mirad, ante este grande y extraordinario espectáculo, hasta la ballena se mueve y alaba a Dios». Un poco más lejos hallábase un naturalista, y el alemán le dijo: «Vosotros, los naturalistas, soléis suprimir la acción divina en vuestra ciencia; pues he aquí que este misionero me ha dicho que cuando ese gran espectáculo se ofreció a nuestra vista en el seno de la naturaleza, hasta la ballena se movía y alababa a Dios». El naturalista contestó al poeta alemán: «No es eso; es que hay ciertas ratas azules que se meten en el cuerpo de la ballena, y al fijarse en ciertos puntos del sistema nervioso, la molestan y la obligan a que se conmueva; porque ese animal tan grande y que tiene tantas arrobas de aceite, no tiene, sin embargo, ni un átomo de sentimiento religioso». Pues bien, exactamente lo mismo puede decirse del Estado. Ese animal tan grande no tiene ni siquiera un átomo de sentimiento religioso.

Y si no, ¿en nombre de qué condenaba el señor Manterola, al finalizar su discurso, los grandes errores, los grandes excesos, causa tal vez de su perdición, que en materia religiosa cometieron los revolucionarios franceses? No crea el Sr. Manterola que nosotros estamos aquí para defender los errores de nuestros mismos amigos: como no nos creemos infalibles, no nos creemos impecables, ni depositarios de la verdad absoluta; como no creemos tener las reglas eternas de la moral y del derecho, cuando nuestros amigos se equivocan, condenamos sus equivocaciones, cuando yerran los que nos han precedido en la defensa de la idea republicana, decimos que han errado porque nosotros no tenemos desde hace diez y nueve siglos el espíritu humano amortizado en nuestros altares.

Pues bien, Sres. Diputados: Barnave, que comprendía mejor que otros de los suyos la Revolución francesa, decía: «Pido en nombre de la libertad, pido en nombre de la conciencia, que se revoque el edicto de los reyes, que arrojaba a los jesuitas». La Cámara no quiso acceder, y aquella hubiera sido medida mucho más prudente, más sabia, más progresiva, que la medida de exigir al clero el juramento civil, lo cual trajo tantas complicaciones y tantas desgracias sobre la Revolución francesa. En nombre del principio que el Sr. Manterola ha sostenido esta tarde de que el Estado puede y debe imponer una religión, Enrique VIII pudo en un día cambiar la religión católica por la protestante como Teodosio, por una especie de golpe de Estado semejante al de 18 de Brumario, pudo cambiar en el Senado romano la religión pagana por la religión católica; como la Convención francesa tuvo la debilidad de aceptar por un momento el culto de la diosa razón; como Robespierre proclamó el dogma del Ser supremo, diciendo que todos debían creer en Dios para ser ciudadanos franceses, lo cual era una reacción inmensa, reacción tan grande como la que realizó Napoleón I cuando, después de haber dudado si restauraría el protestantismo o restauraría el catolicismo, se decidió por restaurar el catolicismo, solamente porque era una religión autoritaria, solamente porque hacía esclavos a los hombres, solamente porque hacía del antiguo papa y del nuevo Carlomagno una especie de dioses.

Por consecuencia, el Sr. Manterola no tenía razón, absolutamente ninguna razón, al exigir, en nombre del catolicismo, en nombre del cristianismo, en nombre de una idea moral, en nombre de una idea religiosa, fuerza coercitiva, apoyo coercitivo al Estado. Esto sería un gran retroceso, porque, señores, o creemos en la religión porque así nos lo dicta nuestra conciencia, o no creemos en la religión porque también la conciencia nos lo dicta así. Si creemos en la religión porque nos lo dicta nuestra conciencia, es inútil, completamente inútil, la protección del Estado; si no creemos en la religión porque nuestra conciencia nos lo dicta, en vano es que el Estado nos imponga la creencia; no llegará hasta el fondo de nuestro ser, no llegará al fondo de nuestro espíritu: y como la religión, después de todo, no es tanto una relación social como una relación del hombre con Dios, podréis engañar con la religión impuesta por el Estado a los demás hombres, pero no engañaréis jamás a Dios, a Dios, que escudriña con su mirada el abismo de la conciencia.

Hay en la Historia dos ideas que no se han realizado nunca; hay en la sociedad dos ideas que nunca se han realizado: la idea de una nación, y la idea de una religión para todos. Yo me detengo en este punto, porque me ha admirado mucho la seguridad con que el señor Manterola decía que el catolicismo progresaba en Inglaterra, que el catolicismo progresaba en los Estados Unidos, que el catolicismo progresaba en Oriente. Señores, el catolicismo no progresa en Inglaterra. Lo que allí sucede es que los liberales, esos liberales tenidos siempre por réprobos y herejes en la escuela de S.S., reconocen el derecho que tiene el campesino católico, que tiene el pobre irlandés, a no pagar de su bolsillo una religión en que no cree su conciencia. Esto ha sucedido y sucede en Inglaterra. En cuanto a los Estados Unidos diré que allí hay 34 ó 35 millones de habitantes; de estos 34 ó 35 millones de habitantes, hay 31 millones de protestantes y 4 millones de católicos, si es que llega; y estos 4 millones se cuentan, naturalmente, porque allí hay muchos europeos, y porque aquella nación ha anexionado la Luisiana, Nuevas Tejas, la California, y, en fin, una porción de territorios cuyos habitantes son de origen católico.

Pero, señores, lo que más me maravilla es que el Sr. Manterola dijera que el catolicismo se extiende también por el Oriente. ¡Ah, señores! Haced esta ligera reflexión conmigo: no ha sido posible, lo ha intentado César, lo ha intentado Alejandro, lo ha intentado Carlomagno, lo ha intentado Carlos V, lo ha intentado Napoleón; no ha sido posible constituir una sola nación: la idea de variedad y de autonomía de los pueblos ha vencido a todos los conquistadores; y tampoco ha sido posible crear una sola religión: la idea de la libertad de conciencia ha vencido a los Pontífices.

Cuatro razas fundamentales hay en Europa: la raza latina, la raza germánica, la raza griega y la raza eslava.

Pues bien, en la raza latina, su amor a la unidad, su amor a la disciplina y a la organización se ve por el catolicismo: en la raza germánica, su amor a la conciencia y al derecho personal, su amor a la libertad del individuo se ve por el protestantismo: en la raza griega, se nota todavía lo que se notaba en los antiguos tiempos, el predominio de la idea metafísica sobre la idea moral; y en la raza eslava, que está preparando una gran invasión en Europa, según sus sueños, se ve lo que ha sucedido en los imperios autoritarios, lo que sucedió en Asia y en la Roma imperial, una religión autocrática. Por consiguiente, no ha sido posible de ninguna suerte encerrar a todos los pueblos modernos en la idea de la unidad religiosa.

¿Y en Oriente? Señores, yo traeré mañana al Sr. Manterola, a quien después de haber combatido como enemigo abrazaré como hermano, en prueba de que practicamos aquí los principios evangélicos; yo le traeré mañana un libro de la Sociedad oriental de Francia, en que hay un estado del progreso del catolicismo en Oriente, y allí se convencerá S.S. de lo que voy a afirmar. En la historia antigua, en el antiguo Oriente hay dos razas fundamentales: la raza indo-europea y la raza semítica.

La raza indo-europea ha sido la raza pagana que ha creado los ídolos, la raza civil que ha creado la filosofía y el derecho político: la raza semítica es la que crea todas las grandes religiones que todavía son la base de la conciencia moral del género humano: Mahoma, Moisés, Cristo, puede decirse que abrazan completamente toda la esfera religiosa moderna en sus diversas manifestaciones.

Pues bien: ¿cuál es el carácter de la raza indo-europea que ha creado a Grecia, Roma y Germania? El predominio de la idea de particularidad y de individualidad de la idea progresiva sobre la idea de unidad inmóvil. ¿Cuál es el carácter de la raza semítica que ha creado las tres grandes religiones, el mahometismo, el judaísmo y el cristianismo? El predominio de la idea de unidad inmóvil sobre la idea de variedad progresiva. Pues todavía no existe eso en Oriente. Así es que los cristianos de la raza semítica adoran a Dios, y apenas se acuerdan de la segunda y tercera persona de la Santísima Trinidad, mientras que los cristianos de la raza indo-europea adoran a la Virgen y a los santos, y apenas se acuerdan de Dios. ¿Por qué? Porque la metafísica no puede destruir lo que está en el organismo y en las leyes fatales de la Naturaleza.

Señores, entremos ahora en algunas de las particularidades del discurso del Sr. Manterola. Decíanos S.S.: «¿Cuándo han tratado mal, en qué tiempo han tratado mal los católicos y la Iglesia católica a los judíos?». Y al decir esto se dirigía a mí, como reconviniéndome, y añadía: «Esto lo dice el Sr. Castelar, que es catedrático de Historia». Es verdad que lo soy, y lo tengo a mucha honra: y por consiguiente, cuando se trata de historia es una cosa bastante difícil el tratar con un catedrático que tiene ciertas nociones muy frescas, como para mí sería muy difícil el tratar de teología con persona tan altamente caracterizada como el Sr. Manterola. Pues bien, cabalmente en los apuntes de hoy para la explicación de mi cátedra tenía el siguiente: «En la escritura de fundación del monasterio de San Cosme y San Damián, que lleva la fecha de 978, hay un inventario que los frailes hicieron de la manera siguiente: primero ponían «varios objetos»; y luego ponen «50 yeguas», y después «30 moros y 20 moras»: es decir, que ponían sus 50 yeguas antes que sus 30 moros y sus 20 moras esclavas.»

De suerte que para aquellos sacerdotes de la libertad, de la igualdad y de la fecundidad, eran antes sus bestias de carga que sus criados, que sus esclavos, lo mismo, exactamente lo mismo que para los antiguos griegos y para los antiguos romanos.

Señores, sobre esto de la unidad religiosa hay en España una preocupación de la cual me quejo, como me quejaba el otro día de la preocupación monárquica. Nada más fácil que a ojo de buen cubero decir las cosas. España es una nación eminentemente monárquica, y se recoge esa idea y cunde y se repite por todas partes hasta el fin de los siglos. España es una nación intolerante en materias religiosas, y se sigue esto repitiendo, y ya hemos convenido todos en ello.

Pues bien: yo le digo a S.S. que hay épocas, muchas épocas en nuestra historia de la Edad Media en que España no ha sido nunca, absolutamente nunca, una nación tan intolerante como el Sr. Manterola supone. Pues qué, ¿hay, por ventura, en el mundo nada más ilustre, nada más grande, nada más digno de la corona material y moral que lleva, nada que en el país esté tan venerado, como el nombre ilustre del inmortal Fernando III, de Fernando III el Santo? ¿Hay algo? ¿Conoce el Sr. Manterola algún rey que pueda ponerse a su lado? Mientras su hijo conquistaba a Murcia, él conquistaba Sevilla y Córdoba. ¿Y qué hacía, señor Manterola, con los moros vencidos? Les daba el fuero de los jueces, les permitía tener sus mezquitas, les dejaba sus alcaldes propios, les dejaba su propia legislación. Hacía más: cuando era robado un cristiano, al cristiano se devolvía lo mismo que se le robaba; pero cuando era robado un moro, al moro se le devolvía doble. Esto tiene que estudiarlo el Sr. Manterola en las grandes leyes, en los grandes fueros, en esa gran tradición de la legislación mudéjar, tradición que nosotros podríamos aplicar ahora mismo a las religiones de los diversos cultos el día que estableciésemos la libertad religiosa y diéramos la prueba de que, como dijo Madame Stael, en España lo antiguo es la libertad, lo moderno el despotismo.

Hay, señores, una gran tendencia en la escuela neocatólica a convertir la religión en lo que decían los antiguos; los antiguos decían que la religión sólo servía para amedrentar a los pueblos; por eso decía el patricio romano: Religio id est, metus: la religión quiere decir miedo. Yo podría decir a los que hablan así de la religión aquello que dice la Biblia: «Congnovit bos posesorem suum, et asinus proesepe dominisunt, et Israel non cognovit, et populus meus non intelexii», que quiere decir que el buey conoce su amo, el asno su pesebre, y los neocatólicos no conocen a su Dios.

La intolerancia religiosa comenzó en el siglo XIV, continuó en el siglo XV. Por el predominio que quisieron tomar los reyes sobre la Iglesia, se inauguró, digo, una gran persecución contra los judíos; y cuando esta persecución se inauguró, fue cuando San Vicente Ferrer predicó contra los judíos, atribuyéndolos, una fábula que nos ha citado hoy el Sr. Manterola y que ya el P. Feijóo refutó hace mucho tiempo: la dichosa fábula del niño, que se atribuye a todas las religiones perseguidas, según lo atestigua Tácito y los antiguos historiadores paganos. Se dijo que un niño había sido asesinado y que había sido bebida su sangre, atribuyéndose este hecho a los judíos, y entonces fue citando, después de haber oído a San Vicente Ferrer, degollaron los fanáticos a muchos judíos de Toledo que habían hecho de la judería de la gran ciudad el bazar más hermoso de toda la Europa occidental. Y para esto no ha tenido una sola palabra de condenación, sino antes bien de excusa el Sr. Manterola, en nombre de Aquel que había dicho: «Perdónalos, porque no saben lo que se hacen».

Lo detestaba, ha dicho el Sr. Manterola, y lo detesto: pues entonces debe S.S. detestar toda la historia de la intolerancia religiosa, en que, siquiera sea duro el decirlo, tanta parte, tan principal parte le cabe a la Iglesia. Porque sabe muy bien el Sr. Manterola y esta tarde lo ha indicado, que la Iglesia se defendía de esta gran mancha de sangre, que debía olerle tan mal como le olía aquella célebre sangre a lady Macbeth, diciendo: «Nosotros no matábamos al reo, lo entregábamos al brazo civil». Pues es lo mismo que si el asesino dijera: «Yo no he matado, quien ha matado ha sido el puñal». ¡La Inquisición, señores, la Inquisición era el puñal de la Iglesia!

Pues qué, Sres. Diputados, ¿no está esto completamente averiguado, que la Iglesia perseguía por perseguir? ¿Quiere el Sr. Manterola que yo le cite la Encíclica de Inocencio III, y mañana se la traeré, porque no pensaba yo que hoy se tratase de librar a la Iglesia del dictado de intolerante, en cuya Encíclica se condenaba a eterna esclavitud a los judíos?¿Quiere que le traiga la carta de San Pío V, Papa santo, el cual, escribiendo a Felipe II, le decía: «Que era necesario buscar a toda costa un asesino para matar a Isabel de Inglaterra», con lo cual se prestaría un gran servicio a Dios y al Estado?

Me preguntaba el Sr. Manterola si yo había estado en Roma. Sí, he estado en Roma, he visto sus ruinas, he contemplado sus 300 cúpulas, he asistido a las ceremonias de la Semana Santa, he mirado las grandes Sibilas de Miguel Ángel, que parecen repetir, no ya las bendiciones, sino eternas maldiciones sobre aquella ciudad; he visto la puesta del sol tras la basílica de San Pedro, me he arrobado en el éxtasis que inspiran las artes con su eterna irradiación, he querido encontrar en aquellas cenizas un átomo de fe religiosa, y sólo he encontrado el desengaño y la duda.

Sí, he estado en Roma y he visto lo siguiente, señores Diputados, y aquí podría invocar la autoridad del Sr. Posada Herrera, embajador revolucionario de la nación española, que tantas y tan extraordinarias distinciones ha merecido al Papa, hasta el punto de haberle formado su pintoresca guardia noble. Hay, señores, en Roma un sitio que es lo que se llama sala regia, en cuyo punto está la gran capilla Sixtina Paulina, inmortalizada por Miguel Ángel, y la capilla donde se celebran los misterios del Jueves Santo, donde se pone el monumento, y en el fondo el sitio por donde se entra a las habitaciones particulares de Su Santidad. Pues esta sala se halla pintada, si no me engaño, aunque tengo muy buena memoria, por el célebre historiador de la pintura en Italia, por Vasari, que era un gran historiador, pero un mediano artista. Este grande historiador había pintado aquellos salones a gusto de los Papas, y había pintado, entre otras cosas, la falsa donación de Constantino, porque en la historia eclesiástica hay muchas falsedades, las falsas decretales, el falso voto de Santiago, por el cual hemos estado pagando tantos siglos un tributo que no debíamos, y que si lo pidiéramos ahora a la Iglesia con todos sus intereses no habría en la nación española bastante para pagarnos aquello que indebidamente te hemos dado.

Pues bien, Sres. Diputados; en aquel salón se encuentran varios recuerdos, entre otros, don Fernando el Católico, y esto con mucha justicia; pero hay un fresco en el cual está un emisario del rey de Francia presentándole al Papa la cabeza de Coligny; había un fresco donde están, en medio de ángeles, los verdugos, los asesinos de la noche de San Bartolomé; de suerte que la Iglesia, no solamente acepta aquel crimen, no solamente en la capilla Sixtina ha llamado admirable a la noche de San Bartolomé, sino que después la ha inmortalizado junto a los frescos de Miguel Ángel, arrojando la eterna blasfemia de semejante apoteosis a la faz de la razón, de la justicia y de la historia.

Nos decía el Sr. Manterola: «¿Qué tenéis que decir de la Iglesia, qué tenéis que decir de esa gran institución, cuando ella os ha amamantado a sus pechos, cuando ella ha creado las universidades?». Es verdad, yo no trato nunca, absolutamente nunca, de ser injusto con mis enemigos.

Cuando la Europa entera se descomponía, cuando el feudalismo reinaba, cuando el mundo era un caos, entonces (pues qué, ¿vive tanto tiempo una institución sin servir para algo al progreso?), ciertamente, indudablemente, las teorías de la Iglesia refrenaron a los poderosos, combatieron a los fuertes, levantaron el espíritu de los débiles y extendieron rayos de luz, rayos benéficos, sobre todas las tierras de Europa, porque era el único elemento intelectual y espiritual que había en el caos de la barbarie. Por eso se fundaron las universidades.

Pero ¡ah, Sr. Manterola! ¡Ah, Sres. Diputados! Me dirijo a la Cámara: comparad las universidades que permanecieron fieles, muy fieles, a la idea tradicional después del siglo XVI, con las universidades que se separaron de esta idea en los siglos XVI, XVII y XVIII. Pues qué ¿puede comparar el Sr. Manterola nuestra magnífica universidad de Salamanca, puede compararla hoy con la universidad de Oxford, con la de Cambridge o con la de Heidelberg? No.

¿Por qué aquellas universidades, como el señor Manterola me dice y afirma, son más ilustres, son más grandes, han seguido los progresos del espíritu humano y han engendrado las unas a los grandes filósofos, las otras a los grandes naturalistas? No es porque hayan tenido más razón, más inteligencia que nosotros, sino porque no han tenido sobre su cuello la infame coyunda de la Inquisición, que abrasó hasta el tuétano de nuestros huesos y hasta la savia de nuestra inteligencia.

El Sr. Manterola se levanta y, dice: «¿Qué tenéis que decir de Descartes, de Mallebranche, de Orígenes y de Tertulianos?». Descartes no pudo escribir en Francia, tuvo que escribir en Holanda. ¿Por qué en Francia no pudo escribir? Porque allí había catolicismo y monarquía, en tanto que en Holanda había libertad de conciencia y república. Mallebranche fue casi tachado de panteísta por su idea platónica de los cuerpos y las ideas de Dios. ¿Y por qué me cita el Sr. Manterola a Tertuliano? ¿No sabe que Tertuliano murió en el montanismo? ¿A qué me cita S.S. también a Orígenes? ¿No sabe que Orígenes ha sido rechazado por la Iglesia? ¿Y por qué? ¿Por negar a Dios? No, por negar el dogma del infierno y el dogma del diablo.

Decía el Sr. Manterola: «La filosofía de Hegel ha muerto en Alemania». Este es el error, no de la Iglesia católica, sino de la Iglesia en sus relaciones con la ciencia y la política. Yo hablo de la Iglesia en su aspecto civil, en su aspecto social. De lo relativo al dogma hablo con todo respeto, con el gran respeto que todas las instituciones históricas me merecen; hablo de la Iglesia en su conducta política, en sus relaciones con la ciencia moderna. Pues bien; yo digo una cosa: si la filosofía de Hegel ha muerto en Alemania, Sres. Diputados, ¿sabéis dónde ha ido a refugiarse? Pues ha ido a refugiarse en Italia, donde tiene sus grandes maestros; en Florencia, donde está Ferrari; en Nápoles, donde está Vera. ¿Y sabe S.S. por qué sucede eso? Porque Italia, opresa durante mucho tiempo; la Italia, que ha visto a su Papa oponerse completamente a su unidad e independencia; la Italia, que ha visto arrebatar niños como Mortara, levantar patíbulos como los que se levantaron para Monti y Tognetti, cada día se va separando de la Iglesia y se va echando en brazos de la ciencia y de la razón humana.

Y aquí viene la teoría que el Sr. Manterola no comprende de los derechos ilegislables, por lo cual atacaba con toda cortesía a mi amigo el señor Figueras; y como quiera que mi amigo el Sr. Figueras no puede contestar por estar un poco enfermo de la garganta, debo decir en su nombre al Sr. Manterola que casualmente, si a alguna cosa se puede llamar derechos divinos, es a los derechos fundamentales humanos, ilegislables. ¿Y sabe S.S. por qué? Porque después de todo, si en nombre de la religión decís lo que yo creo, que la música de los mundos, que la mecánica celeste es una de las demostraciones de la existencia de Dios, de que el universo está organizado por una inteligencia superior, suprema; los derechos individuales, las leyes de la naturaleza, las leyes de nuestra organización, las leyes de nuestra voluntad, las leyes de nuestra conciencia, las leyes de nuestro espíritu, son otra mecánica celeste no menos grande, y muestran que la mano de Dios ha tocado a la frente de este pobre ser, humano y lo ha hecho a Dios semejante.

Después de todo, como hay algo que no se puede olvidar, como hay algo en el aire que se respira, en la tierra en que se nace, en el sol que se recibe en la frente, algo de aquellas instituciones en que hemos vivido, el Sr. Manterola, al hablar de las Provincias Vascongadas, al hablar de aquella república con esa emoción extraordinaria que yo he compartido con su señoría, porque yo celebro que allí se conserve esa gran democracia histórica para desmentir a los que creen que nuestra patria no puede llegar a ser una república, y una república federativa; al hablar de aquel árbol cuyas hojas los soldados de la revolución francesa trocaban en escarapelas (buena prueba de que si puede haber disidencias entre los reyes, no puede haberla entre los pueblos), de aquel árbol que, desde Ginebra saludaba Rousseau como el más antiguo testimonio de la libertad en el mundo; al hablarnos de todo esto el Sr. Manterola, se ha conmovido, me ha conmovido a mí, ha conmovido elocuentemente a la Cámara. ¿Y por qué, Sres. Diputados? Porque esta era la única centella de libertad que había en su elocuentísimo discurso. Así decía el Sr. Manterola que era aquella una república modelo, porque se respetaba el domicilio: pues yo le pido al Sr. Manterola que nos ayude a formar la república modelo, la república divina, aquella en que se respete el asilo de Dios, el asilo de la conciencia humana, el verdadero hogar, el eterno domicilio del espíritu.

Decíanos el Sr. Manterola que los judíos no se llevaron nada de España, absolutamente nada, que los judíos lo más que sabían hacer eran babuchas; que los judíos no brillaban en ciencias, no brillaban en artes; que los judíos no nos han quitado nada. Yo, al vuelo, voy a citar unos cuantos nombres europeos de hombres que brillan en el mundo y que hubieran brillado en España sin la expulsión de los judíos.

Espinoza: podréis participar o no de sus ideas, pero no podéis negar que Espinoza es quizá el filósofo más alto de toda la filosofía moderna; pues Espinoza, si no fue engendrado en España, fue engendrado por progenitores españoles, y a causa de la expulsión de los judíos fue parido lejos de España, y la intolerancia nos arrebató esa gloria.

Y sin remontarnos a tiempos remotos, ¿no se gloria hoy la Inglaterra con el ilustre nombre de Disraely, enemigo nuestro en política, enemigo del gran movimiento moderno; tory, conservador reaccionario, aunque ya quisiera yo que muchos progresistas fueran como los conservadores ingleses? Pues Disraely es un judío, pero de origen español; Disraely es un gran novelista, un grande orador, un grande hombre de Estado, una gloria que debía reivindicar hoy la nación española.

Pues qué, Sres. Diputados, ¿no os acordáis del nombre más ilustre de Italia, del nombre de Manin? Dije el otro día que Garibaldi era muy grande, pero al fin era un soldado. Manin es un hombre civil, el tipo de los hombres civiles que nosotros hoy tanto necesitamos, y que tendremos, si no estamos destinados a perder la libertad: Manin, solo, aislado, fundó una república bajo las bombas del Austria, proclamó la libertad; sostuvo la independencia de la patria, del arte y de tantas ideas sublimes, y la sostuvo interponiendo su pecho entre el poder del Austria y la indefensa Italia. ¿Y quién era ése hombre cuyas cenizas ha conservado París, y cuyas exequias tomaron las proporciones de una perturbación del orden público en París, porque había necesidad de impedir que fueran sus admiradores, los liberales de todos los países, a inspirarse en aquellos restos sagrados (porque no hay ya fronteras en el mundo, todos los amantes de la libertad se confunden en el derecho), quién era, digo, aquel hombre que hoy descansa, no donde descansan los antiguos Dux, sino en el pórtico de la más ilustre, de la más sublime basílica oriental, de la basílica de San Marcos? ¿Qué era Manin? Descendiente de judíos. ¿Y qué eran esos judíos? Judíos españoles.

De suerte que al quitarnos a los judíos nos habéis quitado infinidad de nombres que hubieran sido una gloria para la patria.

Señores Diputados, yo no sólo fui a Roma, sino que también fui a Liorna y me encontré con que Liorna era una de las más ilustres ciudades de Italia. No es una ciudad artística ciertamente, no es una ciudad científica, pero es una ciudad mercantil e industrial de primer orden. Inmediatamente me dijeron que lo único que había que ver allí era la sinagoga de mármol blanco, en cuyas paredes se leen nombres como García, Rodríguez, Ruiz, etcétera. Al ver esto, acerquéme al guía y le dije: «Nombres de mi lengua, nombres de mi patria»; a lo cual me contestó: «Nosotros todavía enseñamos el hebreo en la hermosa lengua española, todavía tenemos escuelas de español, todavía enseñamos a traducir las primeras páginas de la Biblia en lengua española, porque no hemos olvidado nunca, después de más de tres siglos de injusticia, que allí están, que en aquella tierra están los huesos de nuestros padres» Y había una inscripción y esta inscripción decía que la habían visitado reyes españoles, creo que eran Carlos IV y María Luisa, y habían ido allí y no se habían conmovido y no habían visto los nombres españoles allí esculpidos. Los Médicis, más tolerantes; los Médicis, más filósofos; los Médicis, más previsores y más ilustrados, recogieron lo que el absolutismo de España arrojaba de su seno, y los restos, los residuos de la nación española los aprovecharon para alimentar su gran ciudad, su gran puerto, y el faro que le alumbra arde todavía alimentado por el espíritu de la libertad religiosa.

Señores Diputados: me decía el Sr. Manterola (y ahora me siento) que renunciaba a todas sus creencias, que renunciaba a todas sus ideas si los judíos volvían a juntarse y volvían a levantar el templo de Jerusalén. Pues qué, ¿cree el Sr. Manterola en el dogma terrible de que los hijos son responsables de las culpas de sus padres? ¿Cree el Sr. Manterola que los judíos de hoy son los que mataron a Cristo? Pues yo no lo creo; yo soy más cristiano que todo eso, yo creo en la justicia y en la misericordia divina.

Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios, y sin embargo, diciendo: «¡Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que se hacen!». Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más grande la religión del perdón misericordioso; y yo, en nombre del Evangelio, vengo aquí, a pediros que escribáis en vuestro Código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres.
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“El Imparcial”, que no era, precisamente, partidario de Castelar, reacciona de esta manera:
«… El señor Castelar no pertenece a la minoría, ni a la mayoría, ni aún a la cámara… El señor Castelar es una gloria nacional. El párrafo final de su discurso, la soberbia respuesta contra la fatalidad invocada por el señor Manterola, fue de un efecto indescriptible, y de lo más artísticamente poético que hemos oído… Damos, pues, la enhorabuena a la idea democrática. La sesión de ayer fue altamente simbólica: el señor Manterola representa lo antiguo; el señor Castelar, lo por venir. ¡Paso a la nueva idea democrática, paso al nuevo derecho!».
“La Política”, por su parte, contradictor infatigable del tribuno republicano, no tiene ningún reparo en reconocer:
«… Nosotros hemos bajado, hoy, las armas ante el ejército enemigo, y nos hemos adelantado a saludar al héroe que nos combate todos los días, viendo en él al genio antes que al hombre; al español antes que al adversario…».
“La Discusión”, adicta incondicional al orador, se deshace en elogios, sirviéndose de conceptos identificables con el credo revolucionario:
«… Al escuchar, anteayer, su voz tempestuosa, nos parecía asistir al más grande de los terremotos. El mundo antiguo se desploma con estrépito a cada palabra del orador; caían, unos tras otros, siglos y siglos.
Todos los tiranos se habrán estremecido en sus soberbios tronos; todos los pueblos habrán respirado el aire de la vida, el aire de su completa emancipación, de su libertad completa. Castelar está destinado a quebrantar las cadenas de todos los pueblos. Vuelvan todos los pueblos hacia él sus ojos y salúdenle, como a su libertador, con profunda veneración y respeto…».

Los comentarios y reseñas se extendieron por toda la nación y llevaron tanto a Manterola como sobre todo a Castelar al Olimpo de los oradores parlamentarios con comentarios como los vertidos, incluso 11 años después, por prestigiosos autores como D. Marcelino Menéndez Pelayo, que calificó a Castelar como el más elocuente orador de España y describía su estilo de la siguiente manera en su Historia de los heterodoxos españoles:
“En cada discurso del señor Castelar se recorre (dos o tres veces), la universal historia humana, y el lector, cual otro judío errante, ve pasar a su atónita contemplación todos los siglos, desfilar todas las generaciones, hundirse los imperios, levantarse los siervos contra los señores, caer el Occidente sobre el Oriente, peregrina por todos los campos de batalla, se embarca en todos los navíos descubridores y ve labrarse todas las estatuas y escribirse todas las epopeyas. Y, no satisfecho el señor Castelar con abarcar así los términos de la tierra, desciende unas veces a sus entrañas y otras veces súbese a las esferas siderales, y desde el hierro y el carbón de piedra hasta la estrella Sirio, todo lo ata y entreteje en ese enorme ramillete, donde las ideas y los sistemas, las heroicidades y los crímenes, las plantas y los metales, son otras tantas gigantescas flores retóricas”.

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