Curso de Política Constitucional (Tomo III)–por Benjamín Constant

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Henri-Benjamin Constant de Rebecque (1767-1830)

Pintar las calamidades y los crímenes que acompañan a una contra-revolución completa, no es hacer su crítica, sino por el contrario elogiar un gobierno que ha tenido la felicidad o sabiduría de evitar semejante plaga. Solicitado mucho tiempo hacía para que imprimiese mi Ensayo sobre la contra-revolución de Inglaterra del año de 1660, he creído que ya podía ceder sin inconveniente al deseo que muchas personas me han manifestado. Y así como he quitado de la impresión de las Reacciones políticas todo aquello que solo era aplicable a una forma particular de gobierno para no conservar sino lo que es bueno en todos ellos, como los argumentos contra la arbitrariedad, la violencia, la injusticia, y el desprecio de las leyes o el de los efectos de la naturaleza; he suprimido también de la obra que va a leerse todo lo que podría indicar alguna cosa menos conforme al establecimiento y subsistencia de una monarquía constitucional. No temo decir francamente lo que siento sin añadir ni quitar lo más mínimo: cuando teníamos la república, no quería de ningún modo el que volviésemos al estado monárquico, porque este tránsito me parecía que debía ser precedido de una contra-revolución, la peor especie de revolución posible, como dijo muy bien el célebre Mr. Fox; pero en el día nada más deseo sino que seamos fieles a la monarquía constitucional; porque si ésta lo es realmente, podemos encontrar en ella una libertad suficiente, que es lo que ha sido y será siempre el objeto de todos mis trabajos.

ENSAYO

SOBRE LA CONTRA-REVOLUCIÓN DE INGLATERRA

La república inglesa llegó a verse por tierra; y el mismo pueblo que durante nueve años había sostenido contra Carlos I una lucha obstinada y sangrienta, no contento todavía con los privilegios que había adquirido, y no creyendo que le habían sido restituidos los derechos que le habían sido robados por dos especies de tiranía, se precipitaba con entusiasmo en la esclavitud. Los restos del Largo Parlamento, reunidos en convención, consumían los últimos momentos de su existencia en unas servilidades expiatorias. En medio de las proclamas enfáticas, en las que se anunciaba a los pueblos de Inglaterra que Carlos II iba a volver, ellos echaban lejos de sí toda idea de Constitución mitigada, de un límite al poder real, y de un pacto entre el Rey y el pueblo.
La ciudad de Londres manifestaba al Rey su sorpresa y el reconocimiento de que se dignase hacer gracia a la nación, y protestaba que esta nación culpable jamás se hubiera atrevido a imaginar tal exceso de bondad: El ejército, la armada y todas las corporaciones civiles y religiosas se confundían en expresiones de arrepentimiento y en protestas de obediencia. Los agentes de Cromwell corrían a postrarse delante de Carlos II: los instrumentos de la usurpación iban también a saludar la monarquía; y todo pareció ya haberse acabado. Ingoldsby, uno de los jueces del Rey, pero que declaraba haberle condenado contra su conciencia (1) y que por merecer su gracia se había apresurado a cargar de hierros a sus antiguos amigos (2); el avaro y pérfido Monk, el caballero Ashley Cooper (3), el más vil cortesano del protector, que le había estado instando siempre para que se proclamase rey (4) se distinguían en esta procesión de esclavos por la bajeza de sus homenajes. Nadie se atrevía a reclamar: los defensores de la libertad detenidos, ocultos o fugitivos esperaban en silencio la amnistía que debía consolidar su oprobio, y las muertes que ellos preveían muy bien que debían suceder a esta misma amnistía violada. El pueblo aturdido con el ruido de los cañones y con el sonido de las campanas, y deslumbrado con una pompa inusitada, llenaba las calles con unos gritos tumultuosos, y no veía en este cambio repentino sino una ocasión de entregarse sin reserva al embrutecimiento de la embriaguez y al exceso de la licencia. Aquellos sobre todo que de alguna manera se habían hecho notables en tiempo de la república, pensaban, como dice Burnet (5), no poder desarmar mejor las desconfianzas sino distinguiéndose por la grosería de sus placeres y por la ostentación de sus desórdenes. Esperaban que la disolución de sus costumbres pareciese la mejor garantía de que en su alma no quedaba la menor chispa de libertad. Bajo estos auspicios fue como Carlos II subió al trono en 29 de mayo de 1660 en medio del aplauso universal, de las aclamaciones de una inmensa multitud y a la vista de un parlamento prosternado y abatido enteramente (6).
Todo anunciaba un reinado clemente; tanta sumisión y tanta idolatría debían desarmar el alma más sombría y vengativa. Carlos era joven, criado en la desgracia, lejos del poder que todo lo corrompe; sus modales eran dulces, su entendimiento sumamente delicado, su elocuencia persuasiva, sus maneras francas y seductoras. Él se había manifestado hasta entonces amigo del placer que endulza el carácter, compañero de sus cortesanos más bien que rey, amante generoso, fiel amigo, y señor indulgente y de fácil acceso (7). Cuantos le rodeaban habían prometido públicamente el apartar de sí toda idea de severidad y de venganza. En una declaración solemne que había precedido y facilitado la restauración; la alta nobleza, los caballeros, el clero, y todo el partido del último Rey, habían anunciado el olvido más completo de todas las divisiones pasadas, y pedido que hasta el nombre de todas las facciones que habían existido quedase sepultado bajo los fundamentos del edificio constitucional (8).
Tales eran los presagios de dulzura y de paz de este nuevo reinado: y sin embargo un poco más adelante vamos a ver sucesivamente que desaparecen estos presagios, y que la tranquilidad, la seguridad y la vida se quitaban aun a aquellos que pedían gracia; y vamos a ver también que la naturaleza violenta de una contra-revolución la llevó al extremo sin que lo pudiera impedir el carácter del Monarca, ni todas las barreras que se había tratado de oponer a la reacción de la venganza.
El primer acto del rey Carlos fue una proclama, en la que mandaba a los jueces de su padre presentarse en las prisiones en quince días bajo la pena de no ser comprehendidos en la amnistía que se preparaba (9).
Diez y nueve obedecieron, y los demás se dispersaron: de éstos se prendió a algunos, otros se escaparon. El parlamento entonces se ocupó de la amnistía: no haremos mención de las proposiciones violentas hechas de todas partes por hombres ansiosos de reparar lo que habían hecho (10). En medio de esta espesa noche de degradación solo se vio brillar un acto de dignidad: Fairfax (11), que había desaprobado el suplicio de Carlos I, que había rehusado servir a la usurpación de Cromwell; Fairfax, enfermo y anciano, hizo oír por la última vez en esta asamblea de esclavos el lenguaje de un hombre libre: “Si alguno, dijo, merece ser……”

(1) Clarendon, part. III. pág. 763.
(2) Hume X. pág. 367.
(3) Después Conde de Shaltsbury, y Lord Canciller.
(4) Burnet, vol. I. pág. 136 edición de Edimburgo, número 1758.
(5) Burnet, t. I. p. 130.
(6) Véase respuesta de la Cámara de los Comunes al Rey. Clarendon, part. III pág. 758.
(7) Véase Hume cap. XII pág. 64 y Burnet en el tomo I pág. 143 y en el II pág. 463.
(8) Clarendon, part. III pág. 753.
(9) Hume, II. 6.
(10) Hume, XI 6.
(11) Hume, X. 134. 189.

Texto de dominio público. Fuente: Biblioteca de la Universidad de Sevilla. Para acceder al texto completo pulse aquí

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