El espíritu de las leyes (Vol. I) – por Charles-Louis de Secondat, Barón de Montesquieu

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Charles-Louis de Secondat, Barón de Montesquieu (1689-1755)

PREFACIO

Si entre el gran número de cosas que hay en este libro se halla alguna que, contra mi propósito, pueda ofender, al menos no hay ninguna que se haya puesto con mala intención. No soy por naturaleza amigo de desaprobar. Platón daba gracias al cielo por haber nacido en tiempo de Sócrates: yo se las doy por haberme traído al mundo bajo el gobierno en que vivo y haber dispuesto que obedezca a los que me ha hecho amar.
He de pedir una gracia que temo no se me conceda: es que no se juzgue, por la lectura de un momento, un trabajo de veinte años, y que se apruebe o condene todo el libro y no algunas frases. El que quiera buscar el designio del autor, no lo descubrirá bien sino en el designio de toda la obra.
He estudiado primeramente a los hombres, y he creído que, en su gran diversidad de leyes y costumbres, no se han guiado únicamente por sus antojos.
Sentados los principios, he visto que los casos particulares se acomodaban a ellos naturalmente; que la historia de cada nación era consecuencia suya, y que cada ley particular se ligaba con otra ley o dependía de otra más general.
Cuando he tenido que escudriñar la antigüedad, he procurado apoderarme de su espíritu para no mirar, como semejantes, casos realmente distintos, ni dejar de notar las diferencias de los que parecen semejantes.
No he sacado mis principios de mis preocupaciones, sino de la naturaleza de las cosas.
Respecto de esto hay muchas verdades que no se percibirán sino después de haber visto su encadenamiento con las demás. Cuanto más se reflexione acerca de los
casos particulares, mejor se comprenderá la certeza de los principios. He omitido muchos detalles porque ¿Quién podría decirlo todo sin causar mortal hastío?.
No se encontrarán en este libro esos pensamientos ingeniosos que parecen caracterizar las obras del día. En cuanto se contemplan las cosas desde cierta altura, tales sutilezas se desvanecen, pues, por regla general, provienen de fijarse la inteligencia en un solo aspecto de las cosas, abandonando todos los otros.
No escribo para censurar las instituciones de ningún país. Cada nación hallará aquí la razón de sus máximas, y todos deducirán naturalmente la consecuencia de que no corresponde el proponer mudanzas más que a aquellos que han tenido la fortuna de nacer con bastante talento para penetrar con una mirada toda la constitución de un Estado.
No es indiferente que el pueblo sea instruido. Las preocupaciones de los gobernantes han sido antes preocupaciones de la nación. En tiempos de ignorancia, nadie, aunque cause los mayores males, abriga ninguna duda; en épocas de luz, vacila, aunque haga los mayores bienes. Se comprenden los abusos antiguos; se conoce la manera de corregirlos, pero se ven al mismo tiempo los abusos de la corrección misma. Se deja el
mal si se teme lo peor; se está en duda del bien si se duda de lo mejor. No se consideran las partes sino para juzgar del todo reunido; se analizan todas las causas para ver todos los resultados.
Si pudiese hacer de manera que todos tuviesen nuevos motivos para amar sus deberes, su príncipe, su patria, sus leyes, y que cada uno pudiese sentir mejor
su felicidad en cada gobierno, en cada país, en cada puesto en que se halle, me conceptuaría el más dichoso de los mortales.
Si pudiese hacer de manera que los que mandan aumentaran sus conocimientos acerca de lo que deben prescribir, y que los que obedecen hallaran más placer en obedecer, me tendría igualmente por el más dichoso de los mortales.
Me consideraría el mortal más feliz si pudiese conseguir que los hombres se curaran de sus preocupaciones. Llamo aquí preocupaciones no a lo que hace que se ignoren ciertas cosas, sino a lo que hace que se desconozca uno a sí mismo.
Trabajando en instruir á los hombres es como puede practicarse aquella virtud general que comprende el amor de todos. El hombre, ese ser flexible que se amolda en sociedad a los pensamientos é impresiones de los demás, es tan capaz de conocer su propia naturaleza, si se le pone a la vista, como de perder hasta el sentimiento de ella si se le disfraza.
He empezado y dejado muchas veces esta obra; he entregado mil veces a los vientos las hojas que había escrito (1); con frecuencia las sentía caer de las manos paternales (2); seguía mi tarea sin designio determinado; no adivinaba las reglas ni sus excepciones; no hallaba la verdad sino para perderla; pero cuando descubrí mis principios, vino a mí todo lo que andaba buscando, y en el trascurso de veinte años he visto mi obra comenzar, crecer, adelantar y acabarse.
Si esta obra merece elogio, lo deberé en gran parte a la majestad del asunto; sin embargo, no creo carecer absolutamente de ingenio. Cuando he visto lo que tantos grandes hombres, en Francia, en Inglaterra y en Alemania, han escrito antes que yo, me he quedado absorto, pero no por eso he perdido el valor. «Y yo también soy pintor» (3), he dicho con el Corregio.

(1) Ludibria ventis.
(2) Bis patriae cecidere manus.
(3) Ed io anche son pittore.

ADVERTENCIA

Para la inteligencia de los cuatro primeros libros de esta obra, se ha de tener presente:

1.° Que lo que llamo virtud en la república es el amor de la patria, es decir, de la igualdad. No es la virtud moral ni la cristiana, sino la virtud política, y ella es el resorte que da movimiento al gobierno republicano, así como el honor es el resorte que hace moverse a la monarquía. He llamado, pues, virtud política al amor de la patria y de la igualdad. He tenido ideas nuevas y he necesitado buscar nuevas palabras o dar a las antiguas nuevas acepciones. Los que no han comprendido esto, me han imputado cosas absurdas, que escandalizarían en todos los países del mundo, porque en todos se ama la moral.
2.° Es menester fijarse en que hay gran diferencia entre decir que tal cualidad, modificación del alma, o virtud, no es el resorte que imprime acción al gobierno, y afirmar que no la hay en el gobierno. Si yo dijese que tal rueda, que tal piñón no es el muelle que da movimiento a este reloj, ¿se deduciría de ello que no estaba en el reloj? Tan lejos se hallan de quedar excluidas de la monarquía las virtudes Morales y cristianas, como la misma virtud política lo está. En una palabra, hay honor en la república, aunque la virtud política sea su resorte: hay virtud política en la monarquía, aunque tenga por resorte el honor.
Finalmente, el hombre de bien a quien aludo en el libro III, capítulo V, no es el hombre de bien cristiano, sino el hombre de bien político, que tiene la virtud política de que he hablado. Es el hombre que ama las leyes de su país y obra por el amor de ellas. He aclarado todas estas cosas en la presente edición, precisando aún más las ideas, y en la mayor parte de los lugares en que uso la palabra virtud, he puesto virtud política.

LIBRO 1
De las leyes en general


CAPÍTULO I

De las leyes con relación a los diversos seres

Las leyes, en su significación más alta, son las relaciones necesarias que se derivan de la naturaleza de las cosas; y, en este sentido, todos los seres tienen sus leyes: las tiene la divinidad (1); las tiene el mundo material; las tienen las inteligencias superiores al hombre; las tienen los brutos; las tiene el hombre.
Los que han afirmado que una fatalidad ciega ha producido todos los efectos que vemos en el mundo, han proferido un enorme absurdo; porque ¿Cuál mayor absurdo que una fatalidad ciega produciendo seres inteligentes?
Hay, pues, una razón primitiva y las leyes son las relaciones que existen entre ella y los distintos seres y las de estos diferentes seres entre sí.

Dios tiene relación con el universo como creador y como conservador: las leyes con que ha creado son las mismas con que conserva; obra según ellas porque las conoce; las conoce porque ……

(i) «La ley, dice Plutarco, es la reina de todos, mortales e inmortales.» En el tratado: Que se requiere que un príncipe sea sabio.

Texto de dominio público. Fuente: Biblioteca de la Universidad de Sevilla. Para acceder al texto completo pulse aquí

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