El espíritu de las leyes (Vol. II) – por Charles-Louis de Secondat, Barón de Montesquieu

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Charles-Louis de Secondat, Barón de Montesquieu (1689-1755)

LIBRO XXI

De las leyes con relación al comercio, considerado según las revoluciones que ha tenido en el mundo

CAPITULO I
Reflexiones generales

Aunque el comercio está sujeto a grandes revoluciones, puede acontecer que ciertas causas físicas, como la calidad del terreno o del clima, fijen para siempre su naturaleza.
No hacemos hoy el comercio con la India sino con el dinero que enviamos. Los romanos (1) llevaban allí todos los años unos cincuenta millones de sextercios (2). Este dinero, como ahora el nuestro, se trocaba por mercaderías que eran trasportadas a Occidente. Todos los pueblos que han traficado con la India han llevado metales (3) y traído géneros.
Débese este efecto a la misma naturaleza. Los indios tienen sus artes, que se acomodan a su manera de vivir. Nuestro lujo no puede ser el suyo, ni nuestras necesidades las suyas. El clima no les exige ni les permite usar casi nada de lo que puede ir de nuestras comarcas. Desnudos en gran parte, el país les suministra los vestidos que les convienen, y su religión, que ejerce tanto imperio sobre ellos, les inspira repugnancia por las cosas que nos sirven de alimento. No necesitan, pues, sino de nuestros metales, que son los signos de los valores, en cambio de los cuales dan productos, que su frugalidad y la naturaleza de su país les proporcionan en abundancia. Los autores antiguos que nos han hablado de la India, nos la describen (4) tal cual la vemos hoy en lo tocante a policía, usos y costumbres. La India ha sido, y será en todo tiempo, lo que es en la actualidad, y los que comercien con ella, llevarán dinero y no lo traerán.


CAPITULO II
De los pueblos de África

La mayor parte de los pueblos de las costas de África son salvajes o bárbaros. Creo que esto procede principalmente de que allí países casi inhabitables separan otros países pequeños, susceptibles de ser habitados.
Carecen de industria, no conocen las artes y tienen en abundancia metales preciosos que reciben inmediatamente de manos de la naturaleza. Todos los pueblos civilizados pueden, por tanto, negociar ventajosamente con ellos, y hacerles estimar mucho cosas de ningún valor, recibiendo por ellas un gran precio.


CAPITULO III
Que las necesidades de los pueblos del Mediodía son diferentes de las de los pueblos del Norte

Existe en Europa una especie de balanceo entre las naciones del Mediodía y las del Norte. Las primeras tienen todo género de comodidades para la vida y pocas necesidades; las segundas, muchas necesidades y pocas comodidades. Las primeras han recibido mucho de la naturaleza y le piden poco; las segundas han recibido poco de ella y le piden mucho. El equilibrio se mantiene gracias a la pereza que la misma naturaleza da a las naciones del Mediodía y a la industria y actividad que presta a las del Norte. Estas últimas están obligadas a trabajar mucho, sin lo cual carecerían de todo y yacerían en la barbarie. Tal ha sido la causa que
ha naturalizado la servidumbre en los pueblos del Mediodía; como pueden fácilmente prescindir de la riqueza, pueden todavía prescindir mejor de la libertad.
Pero a los pueblos del Norte les es indispensable la libertad, que les proporciona más medios de satisfacer todas las necesidades que la naturaleza les ha dado. Los pueblos del Norte se hallan en un estado forzado, si no son libres ó bárbaros; los pueblos del Mediodía en un
estado, en cierto modo, violento, si no son esclavos.
……

(1) Plinio, lib. VI, cap. XXIII.
(2) El valor del sextercio varió con los tiempos, como el del denario, cuya cuarta parte representaba. Antes de Nerón (desde el año 485), el denario equivalía a unos 0,73 de franco; pero el denario de Nerón no equivale sino a 0,53, y el de Séptimo Severo a 0,31.—N. del T.
(3) Parece, sin embargo, a juzgar por un pasaje de Pausanias que en tiempos de éste, los que iban a la India llevaban productos de Grecia, no corriendo allí, añade, el dinero amonedado, aunque el país abunda en minas de oro y cobre.
(4) Véase Plinio, libro VI, cap. XIX, y Estrabón, lib. XV.

Texto de dominio público. Fuente: Biblioteca de la Universidad de Sevilla. Para acceder al texto completo pulse aquí

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