Enseñanza media

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La imagen tiene licencia bajo by abg_colegio CC BY 2.0

Desde hace mucho tiempo conviven, en la sociedad española, dos valoraciones en relación con la enseñanza, aparentemente contradictorias. Por un lado, existe sobre la enseñanza media, un malestar, sensación de fracaso y en general creencia de que no funciona bien. Por otro, se presume que España “produce” multitud de licenciados/graduados supuestamente muy bien preparados y que muchas veces se tienen que marchar al extranjero ya que aquí no encuentran un trabajo adecuado a su formación; en el mismo orden de cosas, también se alude a veces a que tenemos las promociones mejor preparadas de la historia de España. He dicho que las valoraciones son aparentemente contradictorias, porque se podría pensar que una mala enseñanza media no daría lugar a tanto licenciado/graduado excelente.

Otra posibilidad sería que la formación de “técnicos” en sentido amplio (abogados, ingenieros, físicos, médicos, etc) estuviese relativamente desvinculada de la enseñanza media y esto es lo que parece suceder. Dado que estos “técnicos” son lo que necesita el sistema para funcionar, la cuestión que quedaría en el aire es: ¿para qué sirve la enseñanza media?

Desde la reforma de Maravall en los años 80, el principio pedagógico central que rige esta enseñanza, es el de la “comprensividad”, que básicamente consiste en que todos los alumnos hasta los 16 años deben estar integrados en las mismas aulas sean cuales fueren su comportamiento, actitud ante el estudio o capacidad para el mismo; y el posterior paso al bachillerato no está condicionado en la práctica a nada que no sea la voluntad del alumno y su familia. Dicho sea rápidamente, se supone que los profesores de enseñanza media, de cualquier especialidad, deberían ser capaces de educar a los gamberros, motivar a los indolentes, adaptar contenidos o métodos para todas las fortunas mentales y trabajar con aquellos que sí pueden seguir con mayores o menores dificultades los programas (la proporción de unos y otros varía según promociones e institutos); todos en la misma aula y manteniendo las programaciones de las respectivas asignaturas. Se puede precisar, que esta reforma profundizaba un camino ya emprendido en 1970 con la ley de Villar Palasí que extendía el carácter común hasta los 14 años, transformando el antiguo bachillerato elemental en la EGB y eliminando en la práctica cualquier barrera para acceder desde ahí al extinto BUP.

Diversas razones se pueden aducir para justificar ese “igualitarismo” en la enseñanza. Telegráficamente señalo algunas:

  1. Una alternativa que discriminase a los alumnos en función de sus aptitudes o capacidades podría provocar frustraciones o traumas en los mismos.
  2. Si se estableciesen diferentes vías, la “académica” sería seguida mayoritariamente por alumnos de un estatus social superior a aquel que tendrían los alumnos que siguieran vías de formación profesional.
  3. La mayoría de los padres y alumnos se opondrían frontalmente a cualquier segregación (el término ya está cargado de connotaciones peyorativas), etc.

Todo lo anterior es muy respetable, pero además de admitir una crítica pormenorizada, se pueden defender otras ideas generales. De manera muy resumida también, señalo otros principios que podrían orientar la enseñanza media. Seguir, en dicha enseñanza, diferentes vías puede llevar a los adolescentes a que aprendan a aceptar sus limitaciones ante el estudio como una más de las que se van a encontrar en la vida. No se puede sobrevalorar la importancia de los estudios “académicos” y dar por sentado que el ideal es que todo el mundo acabe en la Universidad. La posibilidad de tener una vida satisfactoria, en todos los órdenes, no puede estar ligada a ser necesariamente bueno en los estudios académicos. También se debería poder entender que la formación de élites, especialmente calificadas es algo positivo para el funcionamiento general de la sociedad y no implica que quienes constituyan esas élites sean superiores a los demás o vayan a tener una vida más fácil que otros. Utilizo deliberadamente la palabra élites, porque como decía Ortega de las minorías selectas, “la habitual bellaquería suele tergiversar el sentido de esta expresión, fingiendo ignorar que el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás”. Por lo demás, muchas veces se está obligando a los adolescentes a estudiar cosas que no les interesan o les sobrepasan fingiendo una igualdad con otros, a cambio de que hagan esfuerzos muchas veces inútiles.

Vistas así las cosas, se podría pensar que hay un debate abierto y la posibilidad real de llevar a la práctica, si alguna opción política lo considera conveniente, un plan de estudios en enseñanza media alternativo al que viene imperando (con retoques) desde la ley Maravall. Más aun, en algunos países de nuestro entorno (por ejemplo, Alemania) no rige el sistema comprensivo que existe aquí. Sin embargo, la experiencia demuestra que esto no parece ser posible. Solo dos hechos:

  1. La reforma aprobada en tiempos de Pilar del Castillo, fue inmediatamente anulada con la llegada de Zapatero al poder.
  2. La actual ley Wert no se aplica en lo que era probablemente su punto crucial en relación con el igualitarismo de que tratamos: la realización de un examen para poder acceder de la ESO al bachillerato. Dicho examen se descalificó de inmediato tildándolo de reválida (no creo que el término figurara en la ley) y no se llegó a realizar, incluso algunos padres amenazaron con no llevar a sus hijos a dicha prueba. Que se dejara en la práctica en suspenso este punto central de la ley por “presiones ambientales” esenciales, me parece cuando menos preocupante y revelador de la situación en la que nos encontramos desde el punto de vista de las posibilidades democráticas de cambiar de rumbo en ciertos asuntos.

Parece que en el actual funcionamiento de nuestra democracia (no sé si también de otras) determinados planteamientos políticos, sobre diversas cuestiones, adquieren la calificación inatacable de progresistas y se imponen cuando, quien tiene fuerza política para ello, llega al poder. Una vez establecida la legislación correspondiente, esta se vuelve una especie de dogma inamovible que impide que otra formación política, si lo considera oportuno y aunque tenga la fuerza necesaria, consiga cambiarla en lo sustancial.

En el caso que nos ocupa, me atrevería a decir que incluso un debate abierto, sobre alternativas en la enseñanza media -que ya he señalado no son iguales en todos los países-, está creo, sino imposibilitado, si maleado al ejercerse, sobre quienes tienen posiciones distintas a la actual, una descalificación a priori, considerando que otras alternativas no comprensivas son retrogradas y no estarían a la altura de los tiempos. Uno se podría preguntar qué o quiénes ejercen sobre nuestra democracia, una labor de “vigilancia” para evitar que se salga de una especie de carril progresista destinado a regir al final en todas partes.

Un debate no distorsionado de ideas y hechos sobre esta enseñanza, podría tal vez, arrojar alguna luz sobre la misma y establecer algunas verdades, aunque sean provisionales.  La posibilidad efectiva de llevar, a la legislación, alternativas distintas es lo que autoriza auténticamente a una democracia. Cuando ambas cosas parecen estar relativamente impedidas, hay que constatar que algo no va bien en el sistema y se impone abrir quizá una discusión sobre los principios con que estamos funcionando. 

Andrés Laiz Presa
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