La teoría de los sentimientos morales – por Adam Smith

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Adam Smith (Kirkcaldy, 5 de junio de 1723–Edimburgo, 17 de julio de 1790)

De la belleza que la apariencia de utilidad confiere a todas las producciones
artísticas, y de la generalizada influencia de esta especie de belleza.

Que la utilidad es una de las principales fuentes de la belleza, es algo que ha sido observado por todo aquel que con cierta atención haya considerado lo que constituye la naturaleza de la belleza. La comodidad de una casa da placer al espectador, así como su regularidad, y asimismo le lastima advertir el defecto contrario, como cuando ve que las correspondientes ventanas son de forma distintas o que la puerta no está colocada exactamente en medio del edificio. Que la idoneidad de cualquier sistema o máquina para alcanzar el fin de su destino, le confiere cierta propiedad y belleza al todo, y hace que su sola imagen y contemplación sean agradables, es algo tan obvio que nadie lo ha dejado de advertir.

También la causa por la que nos agrada lo útil ha sido señalada en últimas
fechas por un ingenioso y ameno filósofo, que aúna gran profundidad de
pensamiento a la más consumada elegancia de expresión, y que posee el
singular y feliz talento de tratar los asuntos más abstrusos, no solamente con la
mayor lucidez, sino con la más animada elocuencia. Según él, la utilidad de
cualquier objeto agrada al dueño, porque constantemente le sugiere el placer o
comodidad que está destinado a procurar. Siempre que lo mira, le viene a la
cabeza ese placer y de ese modo el objeto se convierte en fuente de perpetua
satisfacción y goce. El espectador comparte por simpatía el sentimiento del
dueño, y necesariamente considera al objeto bajo el mismo aspecto de agrado.
Cuando visitamos los palacios de los encumbrados, no podemos menos que
pensar en la satisfacción que nos daría ser dueños y poseedores de tan artística
como ingeniosa traza de comodidades. Igual razón se da para explicar la causa
de por qué la sola apariencia de incomodidad convierte a cualquier objeto en
desagradable, tanto para su dueño como para el espectador.

Pero, que yo sepa, nadie antes ha reparado en que esa idoneidad, esa feliz
disposición de toda producción artificiosa es con frecuencia más estimada que el
fin que esos objetos están destinados a procurar; y asimismo que el exacto
ajuste de los medios para obtener una comodidad o placer, es con frecuencia
más apreciado que la comodidad o placer en cuyo logró parecería que consiste
todo su mérito. Sin embargo, que así acontece a menudo, es algo que puede
advertirse en mil casos en los más frívolos como importantes asuntos de la vida
humana.

Cuando una persona entra a su recámara y encuentra que todas las sillas están
en el centro del cuarto, se enoja con su criado, y antes de seguir viéndolas en
ese desorden, se toma el trabajo, quizá, de colocarlas en su sitio con los
respaldos contra la pared. La conveniencia de esta situación surge de la mayor
comodidad de dejar el cuarto libre y sin estorbos. Para lograr esa comodidad, se
impuso voluntariamente más molestias que las hubiera ocasionado la falta de
ella, puesto que nada era más fácil que sentarse en una de las sillas, que es lo
que con toda probabilidad hará una vez terminado el arreglo. Por lo tanto,
parece que, en realidad, deseaba, no tanto la comodidad cuanto el arreglo de las
cosas que la procuran. Y, sin embargo, es esa comodidad lo que en última
instancia recomienda ese arreglo y lo que comunica su conveniencia y belleza.

Mas no solamente respecto de cosas tan frívolas influye este principio en nuestra
conducta: es muy a menudo el motivo secreto de las más serias e importantes
ocupaciones de la vida, tanto privada como pública.

El hijo del desheredado, a quien el cielo castigó con la ambición, cuando
comienza a mirar en torno suyo admira la condición del rico. En su imaginación
ve la vida de éste como la de un ser superior, y para alcanzarla se consagra en
cuerpo y alma y por siempre a perseguir la riqueza y los honores. A fin de poder
lograr las comodidades que estas cosas deparan, se sujeta durante el primer
año, es más, durante el primer mes de su consagración, a mayores fatigas
corporales y a mayor intranquilidad de alma que todas las que pudo sufrir
durante su vida entera si no hubiese ambicionado aquéllas. Estudia, a fin de
descollar en alguna ardua profesión. Con diligencia sin descanso, trabaja día y
noche para adquirir merecimientos superiores a los de sus competidores.
Después procura exhibir esos merecimientos a la vista pública, y con la
acostumbrada asiduidad solicita toda oportunidad de empleo. Para ese fin le
hace la corte a todo el mundo, sirve a los que odia y es obsequioso con los que
desprecia. Durante toda su vida persigue la idea de una holgura artificiosa y
galana, que quizá jamás logre, y por la que sacrifica una tranquilidad verdadera
que en todo tiempo está a su alcance; holgura que, si en su más extrema
senectud llega por fina realizar, descubrirá que en modo alguno es preferible a
esa humilde seguridad y contentamiento que por ella abandonó. Es hasta
entonces, en los últimos trances de su vida, el cuerpo agotado por la fatiga y la
enfermedad y el alma amargada con el recuerdo de mil injurias y desilusiones
que se imagina proceden de la injusticia de sus enemigo o de la perfidia e
ingratitud de sus amigos, cuando comienza por fin a caer en la cuenta de que las
riquezas y los honores son meras chucherías de frívola utilidad, en nada más
idóneas para procurar el alivio del cuerpo y la tranquilidad del alma, que puedan
serlo las tenacillas de estuche del amante de fruslerías, y que como ellas,
resultan más enfadosas para la persona que las porta, que cómodas por la suma
de ventajas que pueden proporcionarle.

Si examinamos, sin embargo, por qué el espectador singulariza con tanta
admiración la condición de los ricos y encumbrados, descubriremos que no
obedece tanto a la holgura y placer que se supone disfrutan, cuanto a los
innumerables artificiosos y galanos medios de que disponen para obtener esa
holgura y placer. En realidad, el espectador no piensa que gocen de mayor
felicidad que las demás gentes; se imagina que son poseedores de mayor
número de medios para alcanzarla. Y la principal causa de su admiración estriba
en la ingeniosa y acertada adaptación de esos medios a la finalidad para que
fueron creados. Pero en la postración de la enfermedad y en el hastío de la edad
provecta, desaparecen los placeres de los vanos y quiméricos sueños de
grandeza. Para quien se encuentre en tal situación, esos placeres no tienen ya el
suficiente atractivo para recomendar los fatigosos desvelos que con anterioridad
lo ocuparon. en el fondo de su alma maldice la ambición y en vano añora la
despreocupación e indolencia de la juventud, placeres que insensatamente
sacrificó por algo que, cuando lo posee, no le proporciona ninguna satisfacción
verdadera. Tal es el lastimoso aspecto que ofrece la grandeza a todo aquel que,
ya por tristeza, ya por enfermedad, se ve constreñido a observar atentamente su
propia situación y a reflexionar sobre lo que, en realidad le hace falta para ser
feliz. Es entonces cuando el poder y la riqueza se ven tal como en verdad son:
gigantescas y laboriosas máquinas destinadas a proporcionar unas cuantas
insignificantes comodidades para el cuerpo, que consisten en resortes de lo más
sutiles y delicados que deben tenerse en buen estado mediante una atención
llena de ansiedades, y que, a pesar de toda nuestra solicitud, pueden en todo
momento estallar en mil pedazos y aplastar entre sus ruinas a sus desdichado
poseedor. Son inmensos edificios que para levantarlos requieren la labor de toda
una vida, y que en todo momento agobian a quien los habita y que mientras
permanecen en pie si bien pueden ahorrarle algunas de las más pequeñas
incomodidades, en nada pueden protegerlo contra las más severas inclemencias
de la estación. Lo defienden del chubasco veraniego, no de la borrasca invernal;
pero en todo tiempo lo dejan igualmente y a veces aún más expuesto que antes,
a la ansiedad, al temor y al infortunio; a las enfermedades, a los peligros y a la
muerte.

Mas aunque esta melancólica filosofía, para nadie extraña en tiempos de
enfermedad y desdicha, menosprecia de un modo tan absoluto esos máximos
objetos del deseo humano, cuando disfrutamos, en cambio, de mejor salud o de
mejor humor, entonces jamás dejamos de considerarlos bajo un aspecto más
placentero. Nuestra imaginación, que mientras sufrimos un dolor o una pena
parece quedar confinada y encerrada dentro de los límites de nuestra propia
persona, en época de holgura y prosperidad se extiende a todo lo que nos rodea.
Es entonces cuando nos fascina la belleza de las facilidades y acomodo que reina
en los palacios y economía de los encumbrados, y admiramos la manera como
todo concurre al fomento de su tranquilidad, a obviar sus necesidades, a
complacer sus deseos y a divertir y obsequiar sus más frívolos caprichos. Si
consideramos por sí solo la verdadera satisfacción que todas estas cosas son
susceptibles de proporcionar, separada de la belleza de disposición calculada
para suscitarla, siempre aparecerá en grado eminente despreciable e
insignificante. Empero muy raras son las veces en que la miramos bajo esta
abstracta y filosófica luz. De suyo la confundimos en nuestra imaginación con el
orden, con el movimiento uniforme y armonioso del sistema, con la máquina o
economía por cuyo medio se produce. Los placeres de la riqueza y de los
honores, considerados desde este punto de vista ficticio, hieren la imaginación
como si se tratase de algo grandioso, bello y noble por cuyo logro bien vale todo
el afán y desvelo que tan dispuesto estamos a emplear en ello.


De la belleza que la apariencia de utilidad confiere al carácter y a los actos de los
hombres; y hasta que punto la percepción de esa belleza debe considerarse
como uno de los principios aprobatorios originales.

La índole de los hombres, así como los artefactos o las instituciones del
gobierno civil, pueden servir o para fomentar o para perturbar la felicidad, tanto
del individuo como de la sociedad. El carácter prudente, equitativo, diligente,
resuelto y sobrio, promete prosperidad y satisfacción, tanto para la persona
como para todos los que están en relación con ella. Por el contrario, la
arrebatada, la insolente, la perezosa, afeminada y voluptuosa, presagia la ruina
al individuo y la desgracia a todos los que con él tengan tratos. La primera de
esta maneras de ser tiene, por lo bajo, toda la belleza que pudiera adornar a la
máquina más perfecta que jamás se haya inventado para el fomento del fin más
deseable; la segunda, toda la deformidad del más desmañado y torpe artefacto.
¿Acaso puede existir otra institución de gobierno más adecuada para fomentar la
felicidad humana que la preponderancia de la sabiduría y de la virtud? Todo
gobierno no es sino un remedio imperfecto a la falta de éstas. Por tanto, la
belleza que pueda corresponder al gobierno civil a causa de su utilidad,
necesariamente deberá corresponder en mucho mayor grado a la sabiduría y a la
virtud. Por el contrario, ¿qué otro sistema político puede ser más ruinoso y
destructivo que los vicios de los hombres? La única causa de los efectos fatales
que acarrea un mal gobierno, es que no imparte suficiente protección contra los
daños que da lugar la maldad de los hombres.
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